Cacerolas y oídos

Cacerolas y oídos

Cacerolas y oídos

Por primera vez en mucho tiempo, en este país hubo un caceroleo. No fue enorme, no fue generalizado, pero existió.

Frente al hecho inocultable, las redes sociales y algunos medios de comunicación se inundaron de respuestas descalificadoras: “fueron cuatro cajetillas de Pocitos y Punta Carretas”, “reaccionaron porque les tocaron el bolsillo”.

Solo que estas respuestas no funcionan. En primer lugar, aunque la protesta no fue general, tampoco se limitó a un par de barrios. Cuando un vecino del Parque Posadas escucha decir que solo se caceroleó en la costa, sabe que le están mintiendo. En segundo lugar, hay que tener presente que en 2004 el Frente Amplio votó muy bien en Pocitos y Punta Carretas. Algo pasó desde entonces. En tercer lugar, hubo otros barrios favorecidos en los que apenas se caceroleó, de modo que la cosa no puede explicarse con una simple referencia al bolsillo.

Ninguno de estos datos le dice nada a buena parte de la izquierda. Para ellos, las únicas respuestas válidas consisten en descalificar y ridiculizar. Y con eso no hacen más que enceguecerse.

Hace ya muchas décadas que nuestra izquierda desarrolló una cultura centrada en la descalificación del otro. Frente a cualquier idea, crítica o interpelación, la respuesta consiste en recurrir al viejo y primitivo “mirá quién habla”. Lo que dicen “esos” no merece ningún respeto porque son pitucos, neoliberales, burgueses, de derecha, defensores del mercado o cualquier etiqueta semejante. Como lo dicen ellos, ni siquiera hay que considerar lo que dicen. Está mal por definición.

Asombra ver hasta qué punto se ha instalado esta compulsión. Una proporción enorme de los mensajes que se leen en las redes sociales, de los comentarios que se escriben en las ediciones digitales de la prensa o de las declaraciones públicas que hacen dirigentes políticos y sociales son variantes de esta reacción elemental.

El problema de esta maniobra es que se funda en un error lógico: la verdad o falsedad de una afirmación no depende de quién la dice, ni de sus intereses, ni de sus intenciones. Esto es algo que tiene claro, por ejemplo, nuestro ordenamiento institucional. Muchas denuncias penales se hacen por los peores motivos, como la envidia o el ánimo de venganza. Pero si el delito denunciado existió, el juez procesa y condena. Lo dicho debe ser evaluado en función de su contenido. Shakespeare decía que la verdad suele hablar por boca de los locos.

Por recurrir a esta falacia hasta el abuso, buena parte de nuestra izquierda ha perdido nivel intelectual. Muchos ya no son capaces de descubrir lo que puede haber de verdad en un argumento ajeno ni de entender los mensajes que están escritos en todas las paredes.

En este país no hubo ningún caceroleo cuando el Frente Amplio creó el IRPF (con el consiguiente aumento de la presión fiscal) ni cuando postergó sus promesas de bajar el IVA. Lo hubo ahora, después de que se patinaran bastante más de 1.000 millones de dólares en Ancap, el Fondes y otras lo- curas, y después de que el presidente y el vicepresidente de la República se dedicaran a hacer juegos de palabras con lo que significa la frase “más impuestos”.

Si la izquierda gobernante no percibe el punto, lo va a pagar muy caro. Pero no habrá sido víctima de ninguna conspiración de la derecha ni de los medios, sino de su propia intolerancia y soberbia.

Pablo Da Silveira

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