Un proyecto nefasto. Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

n estos días empieza el debate parlamentario sobre el proyecto de ley que crearía la Universidad de la Educación. El oficialismo tiene gran interés en aprobarlo, porque así tendría al menos un resultado concreto que mostrar en el terreno educativo.

Pero, cuando se examina el articulado con atención, es inevitable concluir que el proyecto es inaceptable.

Lo que se propone no es crear una nueva universidad pública, sino dar ese nombre al conjunto de centros de formación docente que hoy existen, sin hacer ningún esfuerzo por reducir la inmensa distancia que los separa del mundo universitario.

¿Por qué se hace ese intento? En parte, porque el oficialismo cultiva el pensamiento mágico: parecería que, si empezamos a usar el vocabulario propio del mundo universitario, la formación docente alcanzará espontáneamente ese nivel. Desde luego, eso no va a ocurrir. Para saberlo alcanza con observar que el actual sistema de formación docente atiende a unos 25 mil estudiantes en todo el país, pero apenas tiene 7 profesores entre los 1.521 que integran el Sistema Nacional de Investigadores. Eso es un indicador de extrema debilidad académica.

Claro que no todo es ingenuidad. También hay aquí un operativo de control gramsciano. La idea es crear un monopolio que tenga en sus manos toda la formación docente nacional, porque no solo preparará de manera directa a buena parte de los futuros docentes, sino que se encargará de reconocer (con las condiciones que decida fijar) los títulos de las demás instituciones públicas o privadas que actúen en el área. Al mismo tiempo, y por ser una universidad autónoma, esa institución estará fuera del alcance de cualquier forma de control por parte de los representantes de los ciudadanos. Quien tome el control interno de la Universidad de la Educación, manejará a su antojo la formación de las futuras generaciones de docentes.

Ni universidad, ni mejora de la calidad académica. Solo endogamia y control político. Quien crea que esta interpretación es alarmista, haría bien en leer el Artículo 11 del proyecto de ley. Allí se establece que, para ser Rector de la Universidad de la Educación, “se requiere poseer título universitario o de formación en educación válido en el país, o formación equivalente, producción académica relevante y un desempeño de por lo menos diez años en instituciones públicas” vinculadas a la educación.

Esto significa que el rectorado de la Universidad de la Educación podría ser ejercido por un licenciado universitario, un maestro o un profesor de liceo titulado. También podría ser Rector alguien sin ningún título, mientras pueda exhibir “formación equivalente” (cualquiera sea el significado de esa frase), producción académica y diez años de trabajo en la educación pública.

Todo esto está muy lejos de las prácticas habituales en el ámbito académico, que exigen como mínimo títulos universitarios de posgrado, y normalmente de doctorado, a quienes aspiren a un puesto de Rector. La descripción está muy cerca, en cambio, del perfil de algunas personas que vienen impulsando desde hace años la creación de la Universidad de la Educación.

No hay nada en este proyecto que permita afirmar que se está creando una universidad. Aprobarlo tal como está nos hundiría en una gran mentira colectiva y dejaría al conjunto de la formación docente en manos de un monopolio sin control ciudadano.

Pablo Da Silveira 

Preocupación por el empleo. Editorial del diputado Gustavo Penades

Durante algunos años, la preocupación por el empleo había pasado a un segundo plano en la vida de los uruguayos. Lamentablemente, hoy está cada vez más presente, y lo único cierto es la incertidumbre.

La situación es diferente a la de otras épocas, en las que el desempleo iba directamente asociado a períodos de bajo o nulo crecimiento económico. En el presente las cosas son diferentes, porque crece la economía pero no aparecen los empleos necesarios para sustituir a los que se pierden y sumar a los nuevos trabajadores.

Hay sectores que vienen siendo muy castigados y no parece que en el mediano plazo se vayan a recuperar. La construcción, por ejemplo, que perdió 25.000 puestos en cinco años. Pero no solamente en ese rubro hay problemas, sino también en la industria, agro, y comercio donde vienen cerrando empresas de variado tamaño y rubro productivo. Entonces, como decíamos, se da el fenómeno de que puede registrarse crecimiento de la economía, pero sin generar la cantidad suficiente de puestos de trabajo para recuperar los perdidos.

Los especialistas ofrecen explicaciones variadas, pero todas marcan los temas de competitividad y la incidencia importante de las regulaciones y del peso que tiene el Estado.

Pero ahora se suma la amenaza creciente de la tecnología, la que, según un estudio publicado el año pasado, podría afectar, en un futuro no lejano, a más del 60% de los puestos de trabajo. A lo anterior se agrega otro fenómeno que es el de las nuevas formas de organización del trabajo. El teletrabajo dejó de ser novedad, y día a día aparecen situaciones en que empresarios, profesionales y emprendedores se vinculan de diferentes maneras para ofrecer sus productos y servicios.

Nada de esto está en la lista de prioridades del Pit-Cnt ni del Poder Ejecutivo, pero son realidades que ya se están viendo. Para la Central introducir el tema de la tecnología en la negociación colectiva de este año sería una muestra de debilidad —decían hace un tiempo— mientras que a nivel del gobierno la prioridad es la Rendición de Cuentas y los conflictos en la interna del Frente Amplio.

El Estado en estos años funcionó, de alguna forma, como amortiguador del desempleo ya que terminó empleando a cerca de 60.000 personas, pero su rol debería ser otro. Debería liderar un proceso para adaptar el país a todo esto que está pasando. Sistema político, trabajadores, empresarios, autoridades de la Educación, académicos, pensando en cómo aprovechar las oportunidades que se presentan y en cómo ayudar a quienes son perjudicados por todos estos cambios. Seguramente deberán incorporarse nuevas formas de contratación para acompasar las necesidades de patrones, obreros y destinatarios de sus productos.

En este mundo que se viene la educación será fundamental; pero nos acercamos al final de otro período del gobierno y la discusión sigue siendo el porcentaje del PBI para la Educación. Quienes menos importan son los que abandonan el sistema y lo que en él se aprende. Mientras tanto, el Pit-Cnt sigue con sus discursos más propios de la Guerra Fría que del siglo XXI.

Gustavo Penadés

“Eterno mirar al pasado”. Editorial del diputado Gustavo Penadés

El gobierno y el Fren-te Amplio sostienen permanentemente -palabra más o menos- que nada bueno hubo hasta el 2005, y que lo que hoy de malo hay es consecuencia del pasado. Parece mentira, pero se dicen cosas como que antes del Fonasa los uruguayos no tenían Salud, o que las políticas sociales son una creación de estos años. Hasta se desarrollan teorías que sitúan la raíz de la inseguridad pública en las políticas de los gobiernos anteriores.

La respuesta condicionada ante cualquier crítica es siempre la misma: la raíz de los problemas está en el “antes”; sea el 2004 o los ’90. Lo que no terminan de darse cuenta es que ya pasaron 13 años de gobiernos frenteamplistas y 23 años desde que los blancos fueron gobierno.

El Uruguay de aquellos años era bien diferente. El mundo cambió. Aparecieron la madera, la celulosa y la soja; y el valor de la carne no tiene nada que ver con el de antes. Cambiaron las costumbres, la tecnología, las comunicaciones, las corrientes de inversión, y muchas otras cosas. En 2005 el país estaba dejando la crisis atrás y subía el empleo, augurando años en que la coyuntura externa fue tremendamente favorable.

Pasados tantos años, el Frente Amplio no puede afirmar que no es responsable de lo que está pasando con la inseguridad pública; de que no es responsable de los problemas que existen en la Educación, en la Salud, en la persistencia de los asentamientos, la afectación del medio ambiente, y suma y sigue.

Claro que ni al Frente Amplio ni a ningún partido político se le puede exigir que mágicamente resuelva los temas. Lo que sí se le puede y debe exigir es que trace un rumbo y lo siga para, más o menos rápidamente, lograr resultados. Acá ni se trazó el rumbo ni se van logrando resultados. Pasados tantos años en que el dinero no fue el problema, y en que se tuvo mayoría parlamentaria, muchísimos asuntos se analizan y discuten como si fuera la primera vez que aparecieran. En muchos temas, además, es visible la puja constante entre los representantes políticos y sindicalistas -todos frentistas- como claramente se ve en la Salud y en la Educación.

Durante estos años el Partido Nacional criticó, pero también aportó en la discusión parlamentaria, partidaria y sectorial. Sin ir más lejos, hace pocos días, el senador Lacalle Pou le ofrecía al gobierno, tal como lo hace anualmente, un conjunto de ideas y propuestas sobre una variada temática.

El partido que gane las próximas elecciones lo hará seguramente sin mayorías parlamentarias. Esto implica retomar la cultura del diálogo político, de la negociación y de los acuerdos, prácticas estas que hacen a la esencia de la cultura democrática. Proceder de esa manera conlleva aceptar las diferencias, ser receptivo al pensamiento del otro sin descalificar a priori sus ideas. Implica abandonar la cultura del “nosotros y ellos”, de los “buenos y los malos” que es la base de la prédica de muchos sectores del Frente Amplio. Estos han preconizado que la “izquierda” era la suma de todo lo bueno, presentando al resto de los partidos como la encarnación del mal.

Empezar a solucionar el tema de la seguridad pasa, también, por dejar de mirar al pasado, aceptar los errores y buscar consensos políticos y sociales para políticas y medidas eficaces y de largo aliento.

Gustavo Penadés

¿Se “nettiza” el gobierno? Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

El presidente del Codicen, profesor Wilson Netto, tiene un lugar bien ganado como especialista en deformar la realidad y festejar éxitos inexistentes.

Quien no conozca Uruguay y escuche sus palabras, puede pensar que estamos en algún lugar entre Finlandia y Singapur.

Netto empezó su carrera vendiendo la idea de que todo andaba bien en UTU, al tiempo que escondía todos los datos que permitieran evaluarla. Luego, ya en el Codicen, ha festejado la caída de la repetición en Primaria, sin mencionar las presiones que reciben los maestros ni al hecho de que esa caída tuvo como contracara una explosión de la repetición en el Ciclo Básico. También festejó la caída del abandono estudiantil en la enseñanza media, sin mencionar la manipulación de las cifras de inasistencia que viene siendo denunciada desde dentro del sistema. Y últimamente festeja el aumento de las tasas de promoción en Secundaria, sin mencionar que se está impulsando una rebaja de los niveles de exigencia similar a la que antes se impuso en Primaria. Todo esto sin hablar de aquel falso y patético festejo tras malinterpretar los resultados de la última medición de PISA.

Uno hubiera esperado que, en nombre de la seriedad en el manejo de los asuntos públicos, el gobierno le hubiera pedido a Netto que no vendiera tanto humo, al tiempo que le hubiera exigido abandonar la burda treta de esconderse detrás de un discurso vago, monocorde y soporífero. Pero no sólo no lo hizo, sino que está ocurriendo lo contrario: en los últimos días aparecieron indicios de que el gobierno, y el propio presidente de la República, han decidido encarar el año 2018 recurriendo a las maniobras del señor Netto.

En su edición del jueves pasado, el semanario Búsqueda publicó una entrevista al presidente de la República en la que éste afirma que la educación será su prioridad para 2018. Esto ya es un hecho llamativo, porque el primero de enero de 2017 Vázquez había definido a la educación y al sistema de cuidados como las prioridades para el año que recién terminó. Como es evidente, esas palabras no se tradujeron en logros significativos.

Pero hay más. En la entrevista Vázquez festeja los buenos resultados que se estarían logrando en educación, y para probarlo hace afirmaciones como esta: “estamos logrando cosas muy importantes, sobre todo en esa interfaz que hay entre el niño y la niña que sale de Primaria y pasan a Secundaria, al Ciclo Básico, con los acompañamientos que se están haciendo”.

Dicho en breve, el presidente Vázquez empieza a hablar como Wilson Netto. Además recurre a sus mismas maniobras, como dirigir la atención hacia problemas que son secundarios. Cualquiera sabe que la gran fuga de estudiantes no se produce en el pasaje de la educación Primaria a la Media.

Vázquez prometió en campaña logros tremendamente ambiciosos. Por ejemplo, que para el año 2020 el 75% de los jóvenes esté terminando bachillerato. Con el tiempo jugando en contra y muy lejos de alcanzarlos, el presidente parece haber caído en la tentación de “nettizarse”. Y no sólo él. El mismo jueves 28 de diciembre (vaya fecha) el prosecretario de Presidencia, Juan Andrés Roballo, confirmó que 2018 será para el gobierno el año de la educación.

Parece que tendremos que prepararnos para doce meses de venta de humo bien organizada, con la que se intentará ocultar uno de los mayores fracasos de este gobierno.

Pablo Da Silveira

La humareda. Editorial del senador Javier Garcia


El cambio del ADN de la educación. El puerto de aguas profundas. Aratirí. El petróleo a barriles, tanto que hasta ya se tenía pronto un proyecto para ver cómo se lo administraba con un ente especial.


La regasificadora. El shock de infraestructura de más de 12.000 millones de dólares anunciado pomposamente en 2015. Las reuniones por seguridad en la Torre Ejecutiva durante 2016, donde resta cumplir compromisos asumidos. El TLC con China anunciado con estruendo después de una gira. El TLC con Chile.

La lista puede seguir. El presidente Vázquez está molesto con la oposición porque le señalamos que no tiene agenda. Dijo esta semana que sí la tiene y que no vende humo. Si no lo vende, lo regala, porque el listado parcial de más arriba, con temas de este período y alguno del pasado, es la comprobación de promesas e imprudencias de anuncios que no tenían sustento. Poco serio, nada profesionales. El del famoso sistema petrolero fue más parecido a un sistema de engaño político y distracción, que a otra cosa.

El presidente perdió la seriedad que lo caracterizaba en su primer período. Está metido en una carrera alocada de política menor. Ahora, violando todas las normas constitucionales, habla como dirigente del FA en redes sociales y medios de ese partido; se ríe, le parece poco importante la prohibición del artículo 77 de la Constitución. Hace propaganda electoral notoria. En eso es lo único que no está atrasado, ya empezó la campaña. Puso el aparato de presidencia, recursos y personal contratado, a hacer una campaña para enfrentar a la oposición y querer desmentir su falta de agenda, sacando cataratas de tweets desde la cuenta oficial presidencial con el hashtag #AgendaDeGobierno.

Es una persona muy inteligente, pero la ira política le ha ganado y cierra sus ojos y embiste contra la oposición una y otra vez. No habla con los demás partidos pero está pendiente de cada intervención y la contesta. Insiste con los show mediáticos de los Consejos de Ministros “abiertos” de los que nada queda, donde baja de un helicóptero habla con la prensa, dirige un espectáculo artístico supuestamente espontáneo con muchas túnicas y muchos discursos prefabricados, y se sube al helicóptero para volver a Montevideo.

Hasta este momento esta es una presidencia a la que le sobran años y le faltan ideas y rumbo. Pero todavía falta mucho, casi otro tanto de tiempo. A nivel internacional no somos nada. Ni Mercosur, ni regionalismo abierto, ni un faro de prestigio internacional perdido en el abrazo a Venezuela, y estamos perdiendo a pasos agigantados el peso político por nuestra participación en misiones de paz. Ni eso se cuidó.

Muchos nos dicen que la próxima elección no se puede perder. Están equivocados, seremos testigos de la multiplicación millonaria de recursos públicos puestos al servicio del FA. Sin pudor. Y además gritarán “se viene el cuco”. Ya ayer Vázquez empezó con eso: ojo que si ganan los blancos empiezan los recortes. Viene el cuco blanco y se lleva los planes sociales, (de la educación no habló porque ahí hay poco para llevarse).

Esta semana un senador del FA dijo que los empresarios tienen que ser oficialistas. Lo dijo uno que fue ministro de obras públicas. La afirmación es gravísima. Es lo que piensan: del lado de enfrente solo la oposición. Por eso la próxima es una elección entre la República o el poder sin límite. Y ahumado.

Javier Garcia

La reforma de los cincuentones. Editorial del diputado Gustavo Penadés

La reforma de la Seguridad Social que se hizo en los años 90 no surgió por casualidad.

Se trató de dar una respuesta a la realidad porque el modelo existente, de solidaridad intergeneracional, no se podía seguir manteniendo en el tiempo. Nuestro país ya tenía, por suerte, una expectativa de vida muy extensa, y tenía ya también problemas demográficos de baja natalidad, a lo que se sumaba el impacto de la justa reforma constitucional de 1989 (acompañada por casi el 80% de la ciudadanía). La disyuntiva era clara: o se conseguía la sustentabilidad del sistema o terminaría por colapsar.

Después de muchas idas y venidas se terminó creando, con la ley N° 16.713, un sistema totalmente nuevo, que no respondía a ninguna receta externa y que sintetizó experiencias y esfuerzos nacionales e internacionales, incluyendo el sistema de AFAP pero manteniendo también el rol del BPS. En el segundo período del Dr. Sanguinetti, blancos y colorados aprueban la reforma después de dos intentos fracasados del Dr. Lacalle. Conviene de paso recordar que fue en 1992 cuando el BPS integró por primera vez los representantes sociales a su directorio.

Por supuesto, el Frente Amplio se opuso, retirándose de las reuniones que sobre el tema se hicieron antes de que asumiera el Dr. Sanguinetti, con posturas contradictorias en el Parlamento y llevando adelante un fallido plebiscito.

Lo cierto es que la reforma aseguró la sustentabilidad del sistema.

Ahora el Dr. Vázquez y el Frente Amplio quieren hacer puntos reformando el sistema para beneficiar a los llamados “cincuentones”, y preanuncian futuras reformas.

Estos temas son de enorme complejidad técnica y tienen muchas implicaciones. En lo que todos los técnicos están de acuerdo es en que quienes pueden verse perjudicados son las primeras jubilaciones de trabajadores de ingresos medios y altos. Porque los de ingresos más bajos se benefician con el nuevo sistema, ya que la reforma quiso premiar a quienes iban a recibir una menor jubilación. También se imaginó el sistema para que el mayor beneficio se obtuviera a partir del retiro a los 65 años, desincentivando hacerlo a edades menores.

Desde el Partido Nacional la solución que proponemos para corregir los eventuales perjuicios es que, al momento de retirarse, el trabajador pueda optar entre el sistema antiguo y el sistema actual. Que, con los números en la mano, el trabajador elija lo que le sirva más.

No se puede seguir toqueteando el sistema, desandando el camino recorrido y volviendo a las prácticas demagógicas que lo llevaron a la crisis. Otros quieren echar mano al sistema porque ideológicamente buscan su desaparición y quieren manejar el dinero que los trabajadores ahorran en las AFAP.

Debemos insistir en que el sistema de jubilaciones y pensiones no pertenece a ningún partido político, y que se sustenta en el apor-te solidario de todos nosotros. El gobierno debería recordarlo y actuar con la consiguiente prudencia, pensando más allá de las elecciones.

Gustavo Penadés

Formar directores. Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

El cargo de director de escuela o de liceo fue en sus orígenes un lugar al que se llegaba como culminación de una buena carrera docente. Un maestro o un profesor de secundaria con una larga trayectoria de trabajo en el aula, en cierto momento era “ascendido” a director.

Esta manera tradicional de ver las cosas tenía un problema evidente: los talentos y capacidades que hacen falta para ser bueno en el aula no son los mismos que hacen falta para dirigir una institución. Suponer que porque alguien es un buen docente también puede ser un buen director es tan ingenuo como pensar que porque alguien es un buen violinista también puede ser un buen director de orquesta. Con los “ascensos” decididos bajo ese supuesto, muchas veces se perdió un buen docente a cambio de ganar un mal director.

Este problema fue correctamente identificado hace un par de décadas, y desde entonces se multiplicaron los cursos y acciones de capacitación para preparar directores. Pero, en términos comparativos, todavía estamos lejos de lo que hace falta para romper con aquel viejo paradigma.

Ser director, o formar parte de un equipo de dirección, significa estar preparado para el ejercicio descentralizado del liderazgo educativo. El pleno desempeño de ese rol requiere combinar la gestión administrativa (el cumplimiento de normas, el manejo prolijo de la documentación), con la gestión pedagógica (selección de metodologías, definición de metas, evaluación de resultados), con la gestión de procesos institucionales complejos (planificación estratégica, asignación de recursos, construcción de reglas).

Es por eso que para formar buenos directores no alcanza con informarlos sobre las normas y procedimientos vigentes. Además hace falta transmitir conceptos sobre desarrollo organizacional, sobre gestión de clima laboral y escolar, sobre liderazgo, sobre comunicación institucional. También es necesario entrenar a los candidatos en el manejo de herramientas de gestión específicas y en el uso de indicadores.

Y no solo hay que formar en el punto de partida, sino también asegurar de manera permanente las condiciones que harán posible un ejercicio eficaz y satisfactorio de la función. Eso exige desde el acompañamiento y la capacitación en servicio hasta políticas de diferenciación salarial (en el Uruguay de hoy, un director puede ganar bastante menos que algunos de sus docentes). También incluye una asignación descentralizada de recursos, que permita tomar auténticas decisiones de desarrollo institucional dentro de cada centro educativo.

En el debate sobre educación que empieza a consolidarse en el país, mucha gente sostiene que la recuperación de nuestra enseñanza pasa por el fortalecimiento de las comunidades educativas. Y esa es una idea esencialmente correcta. Pero debemos saber que esa tarea no podrá ser realizada con éxito si no prestamos mucha atención a la selección, formación y seguimiento de las nuevas generaciones de directores, o si nos olvidamos de crear condiciones que den estabilidad a los equipos de conducción y les permitan desarrollar y ejercer sus capacidades de liderazgo.

La experiencia internacional enseña que la descentralización pedagógica e institucional no suele ser exitosa si no va acompañada de esta clase de esfuerzos. Eso es parte de lo que hay que ir preparando desde hoy para iniciar un tiempo de cambios en nuestra enseñanza.

Pablo Da Silveira

Los temas de siempre. Editorial del diputado Gustavo Penadés

Después de casi 15 años de mejora constante de la economía, en esta Rendición de Cuentas la preocupación también vuelve a ser el déficit fiscal. Increíblemente, a tantos años del 2002, las cuentas públicas, el déficit y el endeudamiento externo son nuevamente tema de conversación. La actitud del Gobierno es achacar la situación a factores ajenos a su esfera de decisión -entre ellos al servicio de retiros militares – y apelar al aumento de la carga impositiva.

Se hace inexplicable que, después de tantos años de bonanza, las cosas estén así. Lo que sucede es que, a lo largo del tiempo, el Frente Amplio aumentó los gastos al barrer. Se jugó siempre al límite por la vía del famoso espacio fiscal que no era otra cosa que el plus de endeudamiento tolerable para el país. Cada año se verificaba la lucha por ver cómo se repartiría el espacio fiscal, lo que no significó otra cosa que pan para hoy y hambre para mañana. Porque, después de tantos años, al pasar raya y analizar los diferentes contenidos de los presupuestos y rendiciones de cuentas, nos encontramos con que nada sustancialmente cambió en el Estado. O, por lo menos nada cambió en proporción a la inyección de recursos que se realizó. No se estableció una contrapartida entre recursos y mejora de la gestión.

Al mismo tiempo, se viene operando un proceso de privatización que ni el más soñador de los liberales habría imaginado. Y, es así entonces, que funciones y actividades tan disímiles como vender supergás o administrar el Estudio Auditorio se realizan en el marco del Derecho Privado. Proliferan sociedades anónimas, institutos, agencias, y fideicomisos que sirven tanto para construir escuelas como para administrar los bienes de un ministerio, o los recursos originados en la cooperación internacional. Todo esto se hace sin conocimiento ni control del Parlamento, de la Oficina Nacional del Servicio Civil, y del Tribunal de Cuentas. Paradojalmente, no se escuchan protestas de la central obrera ante esta situación, pero sí reiteradas apelaciones al “neoliberalismo de los 90”.

En estos años, ni se obtienen mejores resultados ni tampoco mejoró la manera de gestionar el Estado; salvo en lo que hace a la administración tributaria. Sea que se piense en infraestructura, Educación, Salud, Seguridad, Medio Ambiente, Desarrollo Social, Defensa Nacional, etc. el resultado es deficitario. Claro está que se podrá señalar esta o aquella obra: se hizo tal o cual escuela o carretera, se instaló tal servicio, pero son excepciones que confirman la regla. Capítulo aparte mere- ce la gestión de los entes autónomos y servicios descentralizados con resultados bien conocidos, así como los inventos al estilo del Fondes y su “vela prendida al socialismo”.

Los expertos dicen que los presupuestos son “la expresión numérica de las políticas, planes y estrategias”. Considerados así, los presupuestos y rendiciones de cuentas del FA muestran la ausencia de una mirada seria y decidida a comenzar a generar las transformaciones que todos los uruguayos sabemos necesarias y que, históricamente, solo el Partido Nacional ha sido capaz de realizar.

Gustavo Penadés

Democracia desafiada. Editorial del Dr Pablo Da Silveira

La democracia, dijo Churchill, es el peor de los regímenes políticos con excepción de todos los demás. Y hasta hoy no ha aparecido un contraejemplo.

Eso no significa que no enfrente dificultades. De hecho, hoy vivimos un período tan cargado de desafíos como no ocurría desde los años treinta del siglo XX, es decir, desde la oscura época en la que crecieron, entre otros, el fascismo, el falangismo, el nazismo y el estalinismo. Trump en Estados Unidos, Le Pen y Mélenchon en Francia, Wilders en Holanda, Podemos en España y las diversas variantes de populismo que conocemos en América Latina son, más allá de especificidades, síntomas de una misma ruptura entre buena parte del electorado y una manera de entender la democracia.

Explicar esta evolución no es sencillo, pero al menos parte de la respuesta tiene que ver con un cambio ocurrido en el correr del siglo XX: la sustitución de una democracia de elites por una democracia de masas.

Desde los tiempos de la primera revolución inglesa hasta bien entrado el siglo pasado, los mecanismos de representación política fueron entendidos como un instrumento para seleccionar a las elites encargadas de gobernar. No solo ocurría que una pequeña parte de la sociedad tenía derecho a voto. Además, el voto se entendía como una manera de elegir a los más capacitados para asumir responsabilidades públicas. Por ejemplo, la elección indirecta del presidente de la república era una manera de delegar en los notables de cada lugar la tarea de discutir y entrar en contacto con unos candidatos que eran desconocidos para la gran mayoría.

La ampliación de los derechos políticos y la evolución tecnológica permitieron avanzar hacia una democracia que se volvió más inclusiva y, en consecuencia, más sensible a una gran diversidad de demandas. Pero durante un buen tiempo se mantuvo la idea de que las elecciones eran un mecanismo para elegir a los más aptos para gobernar. Hasta hace bien poco, los ciudadanos entendían que se votaba para elegir a quienes se consideraban más capacitados que el votante promedio.

Esa cultura política hoy está en cuestión. Muchos estadounidenses que votaron a Donald Trump, no lo hicieron porque lo consideraran mejor que ellos sino porque lo veían como un igual (por ejemplo, como alguien que compartía un mismo desprecio hacia los políticos profesionales instalados en Washington). Por una razón similar (no por estar mejor preparado, sino por ser como ellos) muchos uruguayos votaron a José Mujica.

Este cambio viene acompañado de cosas buenas: la ciudadanía de las democracias actuales es menos sumisa y está menos dispuesta a tolerar castas que se rodeen de privilegios. Pero también hay aquí graves peligros.

Que un candidato sea como yo en su manera de hablar o en su manera de despreciar a “los que siempre mandaron” no garantiza que sea un buen gobernante, ni que sea justo. Por otro lado, si bien es bueno ampliar el círculo de quienes están en condiciones de disputar el acceso al gobierno, difundir la idea de que el pueblo como un todo puede ejercerlo de manera directa es promover una fantasía fácil de manipular.

De manera general, quienes han gobernado en nombre del pueblo como un todo (il popolo, das Volk, la España Una, el proletariado soviético) han hecho más daño que quienes reconocen haber sido transitoriamente electos por una ciudadanía que votó dividida.

Pablo Da Silveira

Narcisismo moral. Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

El Frente Amplio viene de pasar unos días de tensión interna como pocas veces había vivido.

Primero fue la aprobación de una comisión parlamentaria para investigar los vínculos entre empresas privadas y partidos políticos, incluyendo casos muy oscuros como el de Aire Fresco. Luego fue el golpe de Estado en Venezuela y la consiguiente necesidad de pronunciarse sobre esos hechos. Ambos episodios pusieron en evidencia fracturas muy profundas, que van mucho más allá de lo táctico y aun de lo estratégico. La tibia condena al golpe de Maduro que emitió la Mesa Política del Frente Amplio fue aprobada por un voto de diferencia.

Algunas figuras del oficialismo salieron a minimizar los hechos y hablaron de “circo político”. Pero la verdad es que esos cimbronazos los sacudieron. No sólo está en juego el espíritu de unidad entre las diversas fuerzas que conforman la izquierda, sino algo todavía más profundo: estos episodios suponen un duro golpe al narcisismo moral que, desde hace muchos años, ha sido uno de los rasgos distintivos del frenteamplismo.

El narcicismo moral es una actitud resumible en una única frase que se da por autoevidente: nosotros somos los buenos. Todo lo que hacemos está bien por definición, porque lo hacemos nosotros. Todo lo que hacen los otros está mal, porque lo hacen ellos. No hay nada que evaluar ni nada que vigilar respecto de nuestro propio comportamiento. Tampoco hay ningún mérito a reconocer en el comportamiento ajeno.

Un corolario político de esta visión es que lo mejor que puede ocurrir es que gobernemos nosotros. También por definición, nuestro gobierno será el gobierno de los buenos. En consecuencia, cualquier método que se utilice para llegar al gobierno es válido, como también es válido cualquier método para mantenernos en él. También es legítimo todo procedimiento que se utilice para impedir que gobiernen otros. Todo esto se justifica porque, nuevamente por definición, que ellos gobiernen es malo y que vuelvan a gobernar es un retroceso. En cambio, que lo hagamos nosotros es bueno para el mundo y supone un progreso en la historia.

Esta visión simplista y autocomplaciente es un pasaporte hacia la degradación moral. Dado que ya no hay cosas que estén bien o mal independientemente de quién las haga, todo se vuelve relativo: si lo hago yo es porque era necesario para asegurar el mejor resultado posible, que es, casualmente, que yo gane. Así es como uno termina permitiéndose mentir de manera descarada durante una campaña electoral (por ejemplo, prometiendo que no va a aumentar los impuestos aunque sepa que va a hacerlo), dar apoyo a un vicepresidente que engaña a un país entero acerca de sus títulos académicos o escandalizarse ante el ejercicio de una forma elemental de control democrático como son las comisiones investigadoras.

También por esta vía uno se autoriza a no considerarse responsable de nada. Uno no es responsable de las familias que sufren como consecuencia del delito, ni de los miles de “ni-ni” que se están quedando sin futuro, ni de las empresas que cierran porque no pueden con el costo del Estado, ni del despilfarro de centenares de millones de dólares en Ancap. Nada de eso es grave porque lo hice yo. Si lo hubiera hecho otro, sería escandaloso.

El narcisismo moral es una enfermedad infantil de la izquierda que nos gobierna. Felizmente, cada día es menos sostenible.

Pablo Da Silveira