Coalición para el cambio.

En el correr de los últimos días se ha producido una situación extraña: si uno repasa los espacios en la prensa y la distribución del tiempo en radio y TV, resulta claro que se ha dedicado más atención a una organización privada y sin ninguna capacidad de imponer decisiones (la iniciativa Eduy21) que a las propias autoridades de la enseñanza.

Eso pese a que las autoridades manejan enormes cantidades de dinero y son las únicas que tienen la potestad de adoptar decisiones vinculantes.

Puede argumentarse que se trata de una situación coyuntural, muy influida por el lanzamiento de un plan de actividades del que se espera surja una hoja de ruta para el cambio educativo. Y nadie razonable puede negarlo. Pero lo curioso es que ese nivel de atención no se logró a fin de año, cuando el MEC puso en marcha la organización de un nuevo congreso educativo, ni en el pasado mes de febrero, cuando ANEP lanzó una consulta popular sobre un Marco Curricular de Referencia, ni en ocasión de ninguna iniciativa lanzada recientemente por los consejos desconcentrados.

Eduy21 genera expectativas, mientras que las autoridades educativas no las generan. Y la explicación reside en un extendido escepticismo respecto de lo que vayan a hacer los responsables de la enseñanza en lo que resta de este período de gobierno.

Este escepticismo ha sido alimentado durante más de una década por el oficialismo. A lo largo de ese período hubo demasiadas declaraciones rimbombantes (“educación, educación, educación”) que no condujeron a nada. Hubo demasiado dinero gastado sin resultados que guarden una mínima relación con el esfuerzo realizado. Hubo dos grandes acuerdos educativos multipartidarios que no se cumplieron. Hubo anuncios mentirosos, como el que dio la directora de Secundaria cuando dijo que los docentes ya estaban eligiendo horas por dos años. Hubo ocultamiento de información, que solo fue superado cuando medios de prensa acudieron a la justicia. Hubo varias ediciones de las pruebas Pisa que nos quisieron presentar como exitosas cuando claramente no lo eran. Y hubo errores de conducción garrafales, como la doble metida de pata de declarar la esencialidad y luego no aplicarla.

Pero, sobre todo, hubo un proceso de profundo descrédito de las autoridades educativas, que en todo este tiempo han demostrado carecer de estrategia y no han exhibido la menor disposición a hacerse cargo de nada. Los uruguayos nos hemos aburrido de verlos actuar como una banda de pícaros que se dedican a cultivar la vaguedad y el aburrimiento para no contestar preguntas ni comprometerse a nada medianamente concreto.

El interés generado por las actividades recientes de Eduy21, en claro contraste con la indiferencia que generan las autoridades, es un mensaje que la sociedad uruguaya se está dando a sí misma. Y ese mensaje dice que la cosa no da para más. Al oficialismo se le han dado todos los medios y se lo ha esperado durante demasiados años. Ya no hay excusas que puedan explicar su parálisis. Simplemente está claro que no serán ellos quienes vayan a generar los cambios que el país está necesitando. Hay que buscar en otros espacios y seguir otros caminos.

Desde luego, lo que ha pasado hasta ahora es apenas un comienzo. Lo que viene es la larga pulseada entre la gran coalición que está a favor del cambio educativo y los defensores del inmovilismo.

Pablo Da Silveira

El gran glotón.

La estafa al Fonasa deja al desnudo un sistema perverso. El socio de todos nosotros, nuestro “gran hermano” presente en cada rincón de nuestras vidas, el amigo Estado, se comió años de robos delante de sus ojos. El BPS, la DGI, el MTSS y cuanta oficina fiscalizadora y recaudadora ande en la vuelta, son implacables.

Conocen cada movimiento que un uruguayo hace, si va al almacén qué consume y hasta la yerba que compra, no hay más secreto de ningún tipo, no ya el bancario, sino hasta el cable que contratamos. Nada se escapa, porque el fin último es recaudar y conocer bien a fondo a cada uno. La privacidad ya no existe porque del resquicio que pudiera quedar se encarga “el Guardián” de conocerlo.

Dirigentes políticos que diseñaron ideológicamente este sistema microscópico, tan celoso de la vida ajena, que socializaron la intimidad de personas y familias, mientras se preocupan por la gente de bien se comen una fenomenal estafa por la ventanilla del fondo. Toda la fuerza está puesta para perseguir al trabajador, al productor, al pequeño empresario; basta levantar la cortina de un kiosco para que en horas nomás, caigan inspectores de todos los colores. Sin embargo creaban empresas truchas con empleados fantasmas, y los dirigentes burócratas de ese Estado policíaco pagaba con plata pública a estafadores contumaces. El celo de las oficinas controladoras no estuvo para perseguir a tiempo a los ladrones, pero es muy hábil con el laburante.

El Fonasa es la quinta esencia de este descontrol. Recauda a mano abierta, tiene un déficit astronómico y todavía paga servicios por aportes que no recibe y empleados que no trabajan porque no existen esas empresas. Es un sistema que además restringe los derechos de los pacientes que solo pueden ejercer su libertad de elección en febrero, por el insólito corralito. Un socio puede estar desconforme con su mutualista, pero no puede irse de ella porque está acorralado, impedido de hacerlo. Paga por su salud pero no puede elegir con libertad dónde atenderse, porque la libertad no se ejerce con calendario. Sin embargo estafadores varios (a no comerse la pastilla del estafador solitario) donde seguramente hay gente de varios lados del mostrador público y privado, diseñaron una estructura simple: de lo único que se aprovecharon es de la falta de controles, no hay ninguna genialidad en la estafa, la única fue darse cuenta que lo que quiere el sistema es recaudar para que los jerarcas hagan conferencias de prensa y digan “aumentaron tanto o cuanto las empresas registradas”. Si eran verdaderas o truchas no importaba porque no lo sabían. Dicen que lo habían investigado pero en la Justicia no había ninguna denuncia. De la tan mentada formalización del trabajo de la cual el ministro Murro hace gala, es bueno destacar que en este caso está constituida por casi 100 empresas que no existen, y él era presidente del BPS cuando se registraban. ¿Alguien puede afirmar que no hay otras como ésta que aún no fueron detectadas?

Mientras lo que importe es sacarle cada vez más plata al que labura con sacrificio, siempre habrá lugar para el estafador. Mucho tiempo invertido en acosar al que trabaja a cara descubierta, a la luz del día, y nada para darse cuenta que con la plata de la gente de bien se les pagaba a varios que usaban antifaz. Persiguen tanto al contribuyente que se olvidaron de los delincuentes.

Javier García

Democracia y contralor

Además de la separación de poderes, la existencia del Estado de derecho exige la presencia de los llamados órganos de contralor. Estos conforman estructuras que cumplen la función de poner freno a las tentacio- nes autoritarias del poder político.

En nuestro país, uno de los órganos de contralor es el Tribunal de Cuentas de la República.

Incorporado en la Constitución de 1934, tiene la responsabilidad de controlar la gestión financiera del Estado. En palabras del propio Tribunal su misión es la siguiente: “El Tribunal de Cuentas es la Entidad Fiscalizadora Superior que, con autonomía técnica, orgánica y funcional y en cumplimiento de la Constitución y las leyes de la República, ejerce el contralor de la Hacienda Pública en beneficio directo de la Sociedad”

Su desempeño a lo largo de los años ha merecido general consideración; fruto, tanto de la independencia con que tradicionalmente cumplió sus funciones, como del profesionalismo de su cuerpo de funcionarios.

Sin embargo, el Tribunal de Cuentas no escapa a la política desarrollada por el Frente Amplio que erosiona la autoridad de los órganos de contralor cuando no le gustan sus resoluciones. Veamos lo sucedido con el asunto del avión presidencial.

A esta altura todos sabemos que la compra del avión no tiene fundamento y es un mal negocio. Desde el avión en sí -viejo y discontinuado-, a la pertinencia de la compra.

¿Un avión para traslados en la región? ¿Para visitar Artigas una vez al año? Por otro lado, el precio: se paga casi tres veces lo que cuesta en el mercado. Y, por último, pero no menos importante: se quiso comprar un avión con nombre y apellido.

El Tribunal de Cuentas oportunamente entendió que era ilegal recurrir a la compra directa.

Luego, cuando el Poder Ejecutivo recurre a la licitación pública para subsanar la observación, dictaminó que el llamado era observable por favorecer a uno de los oferentes.

A esa altura el Poder Ejecutivo debería haber desistido de la compra. Estaba más que claro que la compra era un disparate y que se estaban torciendo las normas para disfrazar de legalidad la operación.

No obstante, “casualmente”, renuncia un ministro e ingresa un suplente dispuesto a cumplir la voluntad del Poder Ejecutivo.

Al mismo tiempo interviene la Fiscalía de Gobierno con un dictamen que no solo pretende justificar el accionar gubernamental sino desacreditar el legítimo accionar de los ministros opuestos al negocio y de los funcionarios del Tribunal.

La calidad de la demo- cracia tiene relación directa con la independencia con la que actúan los órganos de contralor y con la transparencia de la gestión de la administración.

La legislación de acceso a la información es un importante avance que se suma a la histórica actuación de los organismos de contralor. Pero, cuando esas instituciones se transforman en meras avaladoras de la voluntad de los decisores políticos, la institucionalidad se va resintiendo y la calidad de la democracia disminuye, ambientando desbordes autoritarios del poder que terminan por vulnerar la libertad y los derechos de los ciudadanos.

Gustavo Penadés

Arriba UPM y el almacén

Apenas comenzamos el año y todo el debate político que impulsa el gobierno tiene que ver con cosas lejanas. Importantes, pero lejanas.

Rendición de cuentas sí o no. ¿Cómo puede opinarse de algo que no existe, de lo que no hay ni un artículo ni una letra escrita? El FA no tiene ni idea de lo que va a decir ese proyecto porque no pudo ponerse de acuerdo y parece, en eso los medios también ayudan, que hay que decir si la votamos o no. Es de antología, es como si le preguntaran qué va a cenar en la próxima Navidad.

El otro tema es UPM. Para el gobierno es la única ficha que tiene de acá al final de su mandato. Ató la suerte política del FA a UPM. Sin imaginación y sin reacción agarra la única posibilidad que ve. Es paradójico porque siendo oposición votó en contra del tratado de inversiones con Finlandia, lo “destrató”, era parte de la entrega de las riquezas nacionales al extranjero, de la pauperización del trabajo y de un modelo de desarrollo agresor del medio ambiente. Trece años después ese mismo proceso industrial es como una estampita puesta en los comités de base delante de la cual pasan y se inclinan resignados y en oración laica le piden: “ve-ní UPM y vení rápido”. Digamos que el FA es hoy celuloso- dependiente.

Defendemos desde siempre la inversión extranjera, incluso cuando los actuales gobernantes la miraban como al diablo. Pero tal cual pasa con los conversos, se pasan de rosca para demostrar que reniegan de todo su pasado. Suelen tener una fe radical y ser los primeros de la fila en sus nuevas convicciones. Antes decían que el país se arreglaba con el mercado interno, una tontería mayúscula. Ahora está todo jugado a una inversión extranjera, otra tontería palaciega. Una cosa es generar condiciones necesarias para radicar capitales productivos de afuera, y otra es olvidarse por completo de que además del inversor extranjero hay un emprendedor local, un productor, un comerciante aquí, al que no se le da ningún afloje para que pueda invertir y dar trabajo. Notoriamente una inyección de 3000 millones de dólares es fundamental, pero también la de miles de millones que profesionales, productores y comerciantes de la plaza hacen todos los días cuando ponen un negocio sin ningún tipo de estímulo y a los que les caen para desplumarlos y obligarlos a trabajar muchas veces en negro. Las mismas carreteras, puentes y vías que pide UPM son las que también necesitan nuestros productos, la carne, los lácteos, los granos. La estabilidad laboral, los costos de producción, la energía, los estímulos fiscales, todo eso es válido para todos los que emprenden y arriesgan, hablen castellano o finlandés.

Pasamos una década de crecimiento sostenido a impulsos de los precios internacionales de las materias primas y el FA necesita que una empresa le exija invertir en obra pública para radicar inversiones. Y además le dice que debe garantizar que no le van a ocupar su planta, y para eso Vázquez lleva al Pit-Cnt a su gira, y ¿los emprendedores locales no necesitan lo mismo?

Que venga UPM 2, que pa-ra eso votamos el tratado de inversiones con Finlandia cuando el FA nos decía de todo. Pero también hay que cuidar al almacenero, al camionero, al comerciante. Y pensar que deliraban cantando la “Maldición de Malinche”: “…te muestras humilde ante el extranjero pero te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo”. ¡Qué tiempos!

Javier García

Academia y frentismo

Con casi 80 años de edad, Benjamín Nahum puede preciarse de haber dejado una honda huella en el campo de la investigación histórica. Sus méritos incluyen una trayectoria sostenida durante más de medio siglo, mucha productividad y un fuerte impacto sobre miles de lectores.

Este diario publicó la semana pasada una larga entrevista en la que Nahum despliega toda su vitalidad intelectual. También muestra que conserva viejas miopías ideológicas, cultiva una visión sesgada de la historia y aún no percibe la importancia de los controles y equilibrios democráticos. Todo muy propio de una academia que practicó durante décadas un marxismo elemental.

Nahum sigue hablando de “sectores de la clase obrera” para referirse a un sindicato como ADEOM, que tiene pocos obreros y una gran mayoría de afiliados de cuello blanco. Esto no es raro en alguien que en su momento intentó aplicar la categoría marxista de “campesino” a un campo uruguayo donde nunca existió tal cosa.

También sigue creyendo que nuestra economía pudo crecer porque tuvo la suerte de contar con “una proteína libre vagando por el campo”. Para él, esa frase sigue vigente: “Veo trabajar al obrero acá y me doy cuenta que este país está liquidado. (…) En el mundo un obrero calificado produce cien; acá produce treinta. Así no competimos con nadie.

Absolutamente. La única que puede mantener la competencia es la vaca. Pero el hombre…”. Lo que este enfoque ignora es que detrás de una vaca uruguaya de hoy (muy distinta a la de hace un siglo) hay un gran esfuerzo en investigación y desarrollo que es mérito de seres humanos altamente calificados. La vieja academia sigue sin entender cómo se genera riqueza en este país.

Nahum sigue contando una versión parcial de nuestra historia. Para él, Batlle fue el único que percibió la importancia de la cuestión social, mientras los blancos eran incapaces de ver “al desgraciado que tenían al lado”. Ese enfoque unilateral ignora, por ejemplo, que Manuel Oribe impulsó las primeras leyes de seguridad social que conoció el país, o que Luis Alberto de Herrera y Carlos Roxlo presentaron en 1905 dos proyectos de ley que reducían la jornada de trabajo e introducían medidas inéditas de seguridad laboral. Esos proyectos no fueron aprobados porque no los votó el batllismo, que recién legislaría sobre el tema en 1915.

Para Nahum, la sensibilidad social de Batlle justifica sus déficits democráticos: “A José Batlle y Ordóñez se lo criticó porque no patrocinó una democracia política, una vigencia abierta y clara del sufragio obligatorio, de la representación proporcional, de la vigencia de ciertos principios básicos para un proceso claramente democrático. Lo que sucede es que Batlle hizo tanto en el plano social y económico, y sobre todo en el plano humano, que yo le disculparía lo otro”. O sea: las garantías formales no importan. Salvando las inmensas distancias (todas a favor de Batlle) se trata del mismo argumento que se ha usado para justificar a Fidel Castro, a Velazco Alvarado o a los Kirchner.

Lo interesante es que este mismo Nahum, tan representativo de la vieja matriz cultural de la izquierda, se declara “medio pesimista” ante unos gobiernos frentistas a los que ve hundidos en el corporativismo, incapaces de mejorar la enseñanza y conducidos por hombres “de setenta y pico de años” que ya no están en condiciones de manejar un país.

Pablo Da Silveira

Marihuana a tres años.

La ley de legalización de la producción y venta de la marihuana desde el comienzo fue una enorme improvisación.

Lo que así nació es lógico que tres años después de su aprobación se haya transformado en inaplicable. Fue impulsada por el ministro de Defensa de la época (ya eso fue una originalidad) como forma de mejorar la seguridad pública. En un delirio argumental el gobierno afirmaba que la legalización sería un arma letal contra el narcotráfico. Sacaría del mercado ilegal la droga que al ser vendida en las farmacias, como si fuera una curita, le quitaría a las organizaciones criminales su negocio. Era tan ingenua la afirmación que tres años después ni las farmacias quieren meterse en problemas con su venta, ni el narcotráfico ha retrocedido un ápice ni debe estar muy preocupado por la ley en cuestión. Por desgracia, porque uno de los problemas más grandes que tenemos como sociedad es el del crimen organizado y su corrupción. De hecho nada ha cambiado hasta el momento y esto no es fruto de la inacción ni de probar caminos nuevos, sino de haber aceptado hacerle mandados a poderosos que financiaron estos inventos usándonos como conejillos de indias. Se nos dijo que lo hecho en la lucha contra las drogas no había dado efectos, pero estos caminos improvisados lo único que lograron es bajar la percepción del riesgo, como afirman los especialistas, haciendo de la droga algo más “amigable”, tanto que hasta en las farmacias se vendería. Quiere decir que el discurso legalizador fomentado por organismos internacionales será muy atrayente, pero de cero eficacia. Un grupo de personalidades políticas y expresidentes de la región así como intelectuales aplaudieron la ley, y Mujica se paseó por el mundo hablando de un “cambio de paradigma” con respecto a las drogas. En verdad les dio conferencias de lo que no solo no existe, sino que fracasó antes de empezar. Un gran shopping de humo.
De sus impulsores y defensores, nacionales y extranjeros, no se escucha una sola palabra. La Junta Nacional de Drogas solo anuncia postergaciones sin fecha. Ahora surgió otro problema: empezó a aparecer uno de los efectos colaterales temidos, el turismo cannábico. Muy incipiente por cierto, pero de las consecuencias que se conocen aparecen las negativas, no las positivas proclamadas. En Argentina informaron de tours en Maldonado con degustaciones (“catas”) de marihuana. Buscan la forma de saltar la ley diciendo no que venden, sino que “convidan” a extranjeros, a quienes excluye la norma. Es verdad que la pelea con las organizaciones criminales no es sencilla y estas lograron infiltrar mucho nuestra comunidad, pero tan cierto como eso es que probar caminos improvisados, que permiten no la contención sino la expansión de la demanda agregándole cierto prestigio a sustancias que son veneno, fue un profundo error que aún sin quererlo es funcional a los criminales que se aprovechan de eso. Tan normal es que con otras drogas, como las sintéticas, el discurso oficial va dirigido a mitigar las consecuencias de su consumo y no en prevenirlo, señalando con claridad que matan. Otra cosa es el uso medicinal del Cannabis, donde se podría avanzar científicamente.

El presidente Vázquez en cada viaje da una conferencia advirtiendo que el tabaco enferma y mata, pero ni una sola mención a que la marihuana que legalizó su partido en el gobierno, también.

Javier García 

Política y mentira

En el mundo hay muchísimos políticos que mienten ocasionalmente, y unos cuantos que lo hacen bastante. (También en esto, los políticos no hacen más que parecerse al resto de la gente). Son menos, en cambio, los políticos que convierten a la mentira sistemática en un arma fundamental de construcción de poder. Estos son los cultores de lo que ahora se llama “post-verdad”.

Pero los políticos que cultivan la “post-verdad” no son un grupo homogéneo. Sin perjuicio de otras posibles clasificaciones, gruesamente caen en dos grandes grupos: aquellos que dicen la verdad sobre sus objetivos pero se sirven de la mentira sistemática como un medio, y aquellos que también mienten sobre sus propósitos.

Un ejemplo clásico del primer grupo es Adolf Hitler. A Hitler se lo puede acusar de muchas cosas horrendas, pero no de haber engañado a los alemanes respecto de cuáles eran sus fines. Alcanza con leer ese libro atroz que es Mi Lucha (una obra que publicó en 1925, cuando estaba lejos de alcanzar el poder) para encontrar anunciadas todas las barbaridades que después hizo, desde la furiosa anexión de territorios hasta el intento de exterminio del pueblo judío.

Hitler se sirvió de la mentira (por ejemplo, inventando conspiraciones comunistas y judías) para construir su acceso al poder y para mantenerse en él. Pero no mintió sobre sus objetivos. Eso explica en parte la incomodidad que está generando en Alemania la venta masiva de Mi Lucha, luego de que la obra pasara a ser de dominio público: alcanza con recorrer sus páginas para que se haga trizas el argumento del “no sabíamos”.

Otros cultores de la “post-verdad” no solo usan la mentira sistemática como medio para alcanzar sus fines, sino también para ocultar sus objetivos. Los grandes maestros de esta maniobra fueron los “socialismos reales”. Mientras los nazis decían y hacían cosas horribles, los gobiernos comunistas hacían cosas horribles revistiéndolas de palabras hermosas.

Stalin mató a más gente que Hitler. Solo la hambruna deliberadamente provocada en Ucrania en los años 1932-1933 costó seis millones de vidas (lo mismo que el holocausto judío). Millones pasaron por los campos de trabajo, donde la tasa de muertes era atroz. Cualquier disidencia conducía a ese destino. De hecho, Stalin y Mao son los dos gobernantes que mataron más comunistas en el mundo.

Sin embargo, esas atrocidades se realizaban tras un telón de palabras admirables. Así actuaba Stalin y así actuaban sus seguidores. Cuando Stalin murió en 1953, el semanario Justicia, vocero oficial del Partido Comunista uruguayo, lo despidió diciendo: “Una irreparable desgracia ha caído sobre la humanidad avanzada y progresista. En todos los rincones del mundo, los hombres y mujeres amantes de la paz y la democracia han recibido, con el corazón acongojado, la dolorosa información de la muerte del camarada Stalin, abanderado de la paz…”.

En las últimas décadas, y especialmente en el continente americano, los cultores de la “post-verdad” han sido de este segundo tipo. El Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez, los Kirchner, Nicolás Maduro, hicieron atrocidades de diversa magnitud (salvando las distancias con Stalin) mientras invocaban altos ideales. Una de las sorpresas que ha traído Donald Trump es que vuelve a la “post-verdad” del primer tipo: dice y hace cosas repugnantes, mientras manipula la realidad para justificarse.

Pablo Da Silveira

Izquierda y derecha

En una región que se había acostumbrado a hablar de populismos de izquierda, el triunfo y la inminente investidura de Donald Trump obligaron a hablar de un populismo de derecha.

Y la liviandad con la que se adaptó el vocabulario dejó en segundo plano muchas preguntas. ¿Efectivamente existe un populismo de derecha? Si es así, ¿en qué se diferencia y qué sigue teniendo en común con el de izquierda? ¿Un populismo de derecha se parece más a un populismo de izquierda que a otros gobiernos de derecha, o la verdad es lo contrario?
No bien consideramos estos interrogantes, nos vemos enfrentados a numerosas perplejidades. Tantas, que en el mundo académico se ha difundido una idea: la categoría “populismo”, al igual que la categoría “totalitarismo”, simplemente están mal formuladas. Son palabras con gran poder evocativo pero conceptualmente confusas. La prueba es que no se puede mostrar un solo caso de populismo puro o de totalitarismo puro en toda la historia.

Este argumento parece funcionar. Es verdad que no se puede mostrar un solo caso histórico que se ajuste con exactitud a esos términos. Pero el punto es que tampoco podemos mostrar casos puros de democracia, de socialismo ni de economía de mercado. Esto solo muestra que estamos trabajado con lo que Max Weber llamaba “tipos ideales”: cuando decimos que un régimen es democrático, decimos que se acerca lo suficiente a ese tipo ideal (por lo pronto, mucho más que a cualquier otro) como para que podamos considerarlo una aproximación razonable al concepto. Las ideas son claras, pero la experiencia histórica siempre es turbia.

El rechazo de ciertos académicos a palabras como “populismo” o “totalitarismo” no se debe a que esos conceptos sean especialmente imperfectos, sino a la incomodidad que les genera su propio coqueteo con experiencias históricas que se acercaron mucho a esos modelos. En realidad, se trata de conceptos útiles y aplicables. Y las dificultades que existen no se deben tanto a lo impreciso de nuestras definiciones como a nuestro empeño en seguir reduciendo toda la riqueza y variedad de la vida política a una única metáfora espacial, unidimensional y dicotómica, que nos obliga a colocar todo lo que existe en dos y solamente dos cajones: el de la derecha y el de la izquierda.

La distinción entre izquierda y derecha apareció a fines del siglo XVIII (o sea: es bastante nueva) y funcionó sin grandes dificultades durante todo el siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Pero luego empezó a crujir, hasta hacer crisis tras la caída del socialismo real. Hoy se revela notoriamente inadecuada para describir fenómenos de enorme vigencia como el populismo, el nacionalismo o el estatismo autoritario a la Putin. El resultado es que nuestro vocabulario tradicional pierde consistencia. ¿Por qué mucha gente tiende a colocar al régimen de Irán como “de izquierda”, cuando se trata de una teocracia conservadora, machista y homófoba? La razón apenas examinada es que Irán es un enemigo de Estados Unidos. Pero, si ese es el criterio, entonces deberíamos decir que Hitler fue de izquierda.

Lo raro no es que la distinción “izquierda-derecha” se vuelva crecientemente inaplicable. Esa es la historia normal de muchas distinciones políticas. Lo raro es que haya tanta gente que siga abrazándose a esa metáfora simplificadora, como si de ello dependiera su propia identidad.

Pablo Da Silveira

Pruebas PISA 2015

Hoy es un día crucial para la educación uruguaya. Según se ha venido anunciando, a las 8.30 de la mañana se estarán dando a conocer los resultados de la edición 2015 de las pruebas PISA.

Organizadas por la OCDE, las pruebas PISA son la medición de aprendizajes más conocida y respetada a nivel internacional. Sus resultados son utilizados por numerosos gobiernos, universidades y organismos internacionales, lo que refleja un grado de legitimidad que no alcanzan otras mediciones. Como ocurre con cualquier instrumento, las pruebas PISA sirven para algunas cosas y no para otras (lo mismo vale para un buen martillo). Pero hacen muy bien aquello para lo que fueron diseñadas.

Básicamente, PISA se propone averiguar lo que han aprendido los estudiantes de 15 años de edad en tres áreas fundamentales: lengua, matemáticas y ciencias. No importa qué grado estén cursando ni qué modalidad educativa hayan elegido. Lo que importa es lo que han aprendido. La prueba también recoge información complementaria sobre actitudes y motivaciones.

¿Los estudiantes de un país dado han aprendido lo suficiente, o demasiado poco? Para evaluarlo, PISA utiliza dos puntos de referencia. Por un lado fija un mínimo absoluto, determinado por el conjunto de saberes y destrezas que es necesario haber adquirido para poder acceder a un empleo calificado. Los estudiantes que quedan por debajo de ese mínimo corren un serio riesgo de vivir vidas sin horizontes.

En segundo lugar, PISA compara los resultados obtenidos en cada país con los que se obtienen en los demás países participantes. La edición que se presenta hoy reúne datos sobre más de setenta naciones. Estas comparaciones no sólo permiten averiguar cuánto aprenden los estudiantes de un país en relación a lo que se aprende en otros, sino también cuánta desigualdad educativa hay en un país en relación a otros, o cuán exitosas han sido sus políticas educativas a lo largo del tiempo (siempre comparando con el desempeño ajeno).

Las pruebas PISA son un instrumento valiosísimo para cualquier país que asigne alguna importancia a la política educativa. Ignorar o desdeñar sus resultados es ir a contramano de lo que hace el mundo. Y cuestionar las cifras porque nos resultan incómodas equivale a querer tapar el sol con la mano. Por lo pronto, los datos correspondientes a un país no sólo son mirados en ese país sino en todo el planeta.

Todas estas son razones generales que explican por qué se presta tanta atención a las pruebas PISA. Pero, además, los uruguayos tenemos razones propias.

Las pruebas PISA se realizan cada tres años. Uruguay lo hizo por primera vez en 2003 y volvió a hacerlo en 2006, 2009, 2012 y 2015. Entre 2003 y 2012, Uruguay fue el único país de América Latina con una clara tendencia a empeorar. El mejor resultado global fue el de 2003. Desde entonces la tendencia fue a la baja, mientras el resto de la región mejoraba. En 2003 éramos los mejores del continente en las tres pruebas. Desde entonces, varios nos alcanzaron o nos dejaron atrás. Somos además el país con mayor desigualdad educativa de todos los que participan.

Los datos que se conocerán hoy nos permitirán saber si finalmente hemos conseguido invertir estas tendencias y empezar un camino de mejora, o si seguimos cayendo en relación a los demás y a nosotros mismos. Si esto último llegara a ocurrir, sería un fracaso sin atenuantes

Pablo Da Silveira

Más que la oposición

Durante mucho tiempo se nos preguntaba: ¿para qué interpelan y hacen comisiones investigadoras si ya se sabe el resultado? La respuesta es obvia: porque es el deber que tenemos.

Usamos los mecanismos legales para controlar y fiscalizar. Esos instrumentos no están previstos en la Constitución para usar solo cuando la oposición tiene mayoría parlamentaria, sino justamente para defender a las minorías y poner límites a la mayoría. La semana pasada el trabajo de tanto tiempo demostró que fue útil, y a lo que ya se había logrado con la investigadora sobre Ancap ahora maduró con la que se aprobó sobre la regasificadora. Y ahora se quebró la mayoría parlamentaria automática del FA. Era impensable al principio de este gobierno, pero sucedió. La gota que golpeó la piedra, la insistencia de la oposición en temas importantes, las convocatorias de ministros a sala, las solicitudes de investigadoras, fueron el preámbulo. La última fue impulsada por el diputado Pablo Abdala con seriedad y documentada. No la votó el FA por razones políticas, sobran oscuridades en este tema.

Algunos legisladores del oficialismo denunciaron que atrás de la propuesta había intenciones electorales. Es una acusación que autoincrimina a quien la formula. Si es así eso quiere decir que cuando el Frente Amplio desde la oposición pedía comisiones investigadoras, hasta por gripe fuera de temporada, lo hacía por esas motivaciones. Esa acusación vale solo para quienes tuvieron actitudes diferentes siendo oposición u oficialismo. No le cabe ese sayo a quienes mantuvimos la misma posición cuando se proponían sobre hechos o dirigentes de nuestro partido o sobre partidos o dirigentes ajenos. Los nacionalistas siempre las votamos, mal podíamos tener intenciones electoralistas dirigidas a martillarnos los dedos. Por eso la acusación es inútil.

El Frente Amplio podría decir vengan e investiguen. Las cosas las hicimos bien, podemos meter la pata pero no la mano en la lata como repetía el Dr. Tabaré Vázquez. Pero intentó evitar una investigación que confirme si hubo pata o mano, porque lata seguro hay, según afirmaron en Brasil sobre este caso.

Sin embargo, la mayor derrota no es en el ámbito parlamentario sino en la opinión pública, donde se contrasta el discurso y los hechos. Investigadores en la oposición y ocultadores en el gobierno. El voto del diputado Gonzalo Mujica no es solo de él, seguro representa a mucha gente que votó al FA y se siente defraudada. No tengo dudas que plebiscitada esa actitud dentro de esos votantes saca muchos más apoyos que los que lo llevaron al Parlamento. Eso es parte también de un partido desconectado de la realidad. Lo de Ancap, lo de Pluna, los negocios con Venezuela y la regasificadora colmaron la paciencia seguramente de muchos. La presión de “abajo” es grande.

La oposición podría haberse quedado quieta porque no tenía votos, como nos sugerían, y sentada a esperar otra realidad. Si lo hubiera hecho no merecería nunca llegar a gobernar por frágil, sin convicciones y acomodaticia. Fue efectiva porque fue seria y porque representó a muchos más que a quienes nos votaron, interpretamos a muchos frentistas también. Fueron mayorías que se construyeron desde la minoría. Es más cómodo hablarles a los militantes en un comité, pero los que cambian la realidad son los indignados. Aquí también los hay, a la uruguaya, sin estridencias, como está pasando.

Javier García