Palabras y horrores.

Comparar es un arte difícil, sobre todo si intentamos hacerlo entre tiempos y contextos muy diferentes. Pero algo de lo que está ocurriendo en la región parece inscribirse en una larga historia de infamia.

En el inicio de esa historia está el nazismo. Una de las razones por las que este régimen llegó a convertirse en algo así como el paradigma del mal es que no solo hizo cosas horribles, sino que las dijo. Basta leer algunas páginas de Mein Kampf o casi cualquier discurso de Hitler para saber que se está ante un fanático xenófobo y racista.

Más o menos al mismo tiempo, los llamados “socialismos reales” dieron un giro. Mao, el histórico líder comunista chino, mató a mucha más gente que la que mató Hitler. Sus políticas demenciales y sus prácticas represivas llevaron a la muerte a una cifra que oscila entre 50 y 70 millones de personas. Para tener un punto de referencia, la Segunda Guerra Mundial llevó a la muerte a unos 50 millones, considerando la población civil y las bajas de todos los bandos. Las muertes causadas por Stalin son todavía objeto de debate, debido a la dificultad para acceder a la información. Pero las estimaciones más moderadas rondan los 20 millones.

A diferencia del nazismo, los crímenes cometidos por los “socialismos reales” no iban envueltos en un lenguaje repugnante, sino en un lenguaje admirable que hablaba de libertad, justicia y paz mundial. Esa innovación trajo enormes réditos a aquellos tiranos. Mucha gente fue engañada en su buena fe. Otros tuvieron más fácil la tarea de justificar durante décadas lo que era absolutamente injustificable.

Este quiebre entre lo que se hace y lo que se dice parece repetirse ahora en nuestra región. Con la diferencia de que las palabras bonitas ya no se usan para tapar masivos crímenes de sangre, sino para esconder la peor corrupción. El chavismo en Venezuela, el PT en Brasil y el kirchnerismo argentino construyeron su llegada al poder, y se mantuvieron largos años en él, apoyados en una retórica que hablaba de justicia, de inclusión social y de derechos humanos. Pero hoy hasta el más distraído sabe que detrás de esas palabras se había montado el sistema de latrocinio más gigantesco y sistemático que conoció América Latina. La corrupción existió siempre en nuestro continente, pero estos gobiernos progresistas la sacaron de su fase artesanal y la industrializaron. El costo, desde luego, lo están pagando los más pobres.

Queda por saber si estos regímenes progresistas son los únicos que montaron este gigantesco operativo de corrupción, o si lo mismo pasó en otros países de la región. Pero hay un efecto que está claro: las palabras nobles que estos regímenes usaron hasta el cansancio sufrieron una inevitable devaluación. La expresión “derechos humanos” ya no suena en muchos oídos como sonaba antes de que quedara envuelta en el discurso envenenado de Hebe de Bonafini. La expresión “justicia social” ya no suena como cuando Lula la usaba hace veinte años. La palabra “dignidad” se vuelve ridícula cuando es pronunciada por Nicolás Maduro.

Esta consecuencia parece poca cosa al lado de los miles de millones de dólares que fueron robados en la región durante la “era progresista”. Pero el problema es más grave de lo que parece. Nuestro próximo riesgo es que grandes masas de latinoamericanos se hundan en una ola de feroz escepticismo hacia la política.

Pablo Da Silveira

180 años.

Este es un año muy especial para la democracia uruguaya. Los dos partidos fundacionales (o tradicionales, o históricos) cumplen 180 años de vida.

Como siempre ocurre, la exactitud de la fecha puede dar lugar a discusiones. El Partido Nacional ha contado tradicionalmente a partir del 10 de agosto de 1836, cuando el presidente Oribe estableció la divisa “Defensores de las leyes”. Pero sus orígenes pueden rastrearse hasta la cruzada de 1825, o aun antes si se tiene en cuenta que los blancos son herederos del federalismo artiguista. Los colorados pueden, asimismo, rastrear los orígenes de su propia tradición hasta etapas bastante tempra- nas de la trayectoria de Fructuoso Rivera. Pero lo cierto es que, cuando ocurre la batalla de Carpintería, el 19 de setiembre de 1836, ya estamos ante dos bandos organizados que tienen identidad propia y expresan diferentes sensibilidades políticas.

Lo asombroso no es que esos partidos hayan nacido tan temprano, sino que se hayan mantenido vivos y gravitantes hasta hoy. Muy pocas democracias en el mundo cuentan con partidos tan antiguos que sigan vigentes. A eso se suma el inmenso impacto acumulado que han tenido sobre la vida del país. Como suelen decir los politólogos, la política uruguaya es “partidocéntrica”. La solidez institucional que nos distingue y de la que nos sentimos orgullosos es el resultado de un complejo juego de enfrentamiento y cooperación entre los dos viejos partidos. También tiene ese origen la civilizada tradición de coparticipación que tanto nos diferencia de los países vecinos.

Uruguay es un país de partidos viejos y gravitantes. A los dos partidos fundacionales se sumó hace 45 años el Frente Amplio, que entre nosotros parece relativamente nuevo pero sería considerado antiguo en muchas partes del mundo. El Frente Amplio prolonga las tradiciones cívicas típicamente uruguayas mucho más de lo que aparentan creer algunos de sus dirigentes y muchos de sus militantes.

Por estas y otras razones, este aniversario no debería ser resaltado únicamente por blancos y colorados, sino por todos quienes se interesan en nuestra vida política e institucional. Por eso es llamativo (y una señal de muchas cosas) que el mundo académico no haya tomado nota. No hay anunciadas publicaciones ni eventos que convoquen a una reflexión sobre el tema, mientras se presta atención a asuntos menores. Tampoco ha habido ninguna reacción ante el otro gran aniversario que se celebra en julio próximo: los cien años de la elección de constituyentes de 1916, primera votación nacional con voto secreto. A esa rareza académica se suma una política. Es llamativo que en un país con tradiciones partidarias tan sólidas, haya quienes llamen a diluir a los partidos como camino para construir un Uruguay mejor. No es que los partidos estén libres de fallas ni de errores, pero son de las cosas que a los uruguayos nos han salido mejor. Ni la actividad económica ni la cultura nos han dado un lugar tan destacado en el mundo como el que nos ha dado nuestro sistema político “partidocéntrico”. Proponer echar por la borda esa formidable acumulación sugiere mucha ignorancia acerca de quiénes somos y puede convertirse en un acto de irresponsabilidad histórica.

Desde luego que hay que buscar nuevos horizontes. Pero las personas y las sociedades mejoramos apoyándonos en lo que sabemos hacer bien, nunca destruyéndolo.

Pablo Da Silveira

La fractura expuesta

Lo del Marconi muestra eso. Había cosas que no sucedían, límites que no se pasaban, a los niños, los viejos, la maestra y al médico se los respetaba. Acá no hubo límites: gurises del barrio encerrados en una escuela para no ser lastimados en plena refriega, el médico agredido tuvo que ser internado. La zona fue un desastre. Un chófer de ómnibus entregado a la suerte de sus secuestradores. A los Bomberos, la Republicana no les pudo garantizar la seguridad. Uruguay cambió, está fracturado.

Después de 10 años de bonanza económica y recaudación millonaria, se consolidaron zonas donde el Estado se replegó y le dejó a bandas de narcotraficantes el gobierno y “la administración” del territorio. El Frente Amplio le soltó la mano a los sectores más desprotegidos como pasó en la cuenca del Casavalle donde se inserta el Marconi. Las políticas que generan inclusión, los servicios básicos y la educación fueron deficientes o absolutamente ineficaces. Los resultados mandan. Los más pobres fueron los más abandonados, tanto, que bandas mafiosas se encargan de decidir si allí entra o no la policía o la ambulancia, si un ómnibus pasa o se incendia, si un médico atiende o se lo trata como a un enemigo a pesar de que su vida esté entregada a esos vecinos. Y esto es producto de la destrucción de la sociedad de los valores, de los pilares sobre los que se construyó el Uruguay moderno, de justicia y equidad. Es fruto de que se rompió la escalera social a la que se accedía con la escuela pública y trabajando duro. Ese Uruguay se encargó de tirarlo al piso Mujica. Todo fue relativo con él: hacer las cosas bien y mal, estudiar o ser un vago, decir una cosa o la contraria, hacer cualquier cosa para lograr el objetivo aunque esté fuera de la ley (lo político antes que lo jurídico).

Los valores de antes, los “códigos”, ahora no existen. No se respeta nada: ni a la maestra, ni a los adultos, ni a los niños, ni a la policlínica, ni al barrio, ni a la seguridad. Nada. Después de 10 años en el Marconi y otros barrios, el Estado abandonó a los más pobres y los dejó en manos de unos pocos delincuentes que administran la vida y la muerte, o si funcionan los servicios y pasa el ómnibus.

No es un tema de ley penal, es de un Estado que fracasó, falló. Los mismos niños que sufrieron la revuelta del viernes anterior, son los que participan en las olimpíadas de matemáticas de Los Pinos en ese mismo barrio, y superan a niños que incluso van a colegios privados. Centenas de ellos progresan a fuerza del motor fantástico de la educación. Los que concurren al Tacurú salesiano y a otras obras, y aprenden a estudiar y trabajar, progresan. Cuando alguien se preocupa de ellos sale lo mejor de cada uno y los delincuentes pierden la partida. Se empoderan cuando hay un “Estado fallido” y la mayoría queda abandonada.

¿Qué hicieron en estos años? ¿En dónde están los recursos que se debieron poner para atender a los más pobres? A Casavalle no llegó la abundancia y el crecimiento económico, la basura y las ratas alfombran todas sus calles, la miseria golpea a todos, las mafias en las bocas de pasta base atormentan la vida. Los “progresistas” por allí no pasaron, seguramente estaban participando en mesas redondas de burócratas hablando de los pobres en el centro de la ciudad.

Este es el resultado del progresismo vacío, de pico, el que habla de los pobres y se encarga de que sigan siéndolo.

 

Javier García

Cacerolas y oídos

Por primera vez en mucho tiempo, en este país hubo un caceroleo. No fue enorme, no fue generalizado, pero existió.

Frente al hecho inocultable, las redes sociales y algunos medios de comunicación se inundaron de respuestas descalificadoras: “fueron cuatro cajetillas de Pocitos y Punta Carretas”, “reaccionaron porque les tocaron el bolsillo”.

Solo que estas respuestas no funcionan. En primer lugar, aunque la protesta no fue general, tampoco se limitó a un par de barrios. Cuando un vecino del Parque Posadas escucha decir que solo se caceroleó en la costa, sabe que le están mintiendo. En segundo lugar, hay que tener presente que en 2004 el Frente Amplio votó muy bien en Pocitos y Punta Carretas. Algo pasó desde entonces. En tercer lugar, hubo otros barrios favorecidos en los que apenas se caceroleó, de modo que la cosa no puede explicarse con una simple referencia al bolsillo.

Ninguno de estos datos le dice nada a buena parte de la izquierda. Para ellos, las únicas respuestas válidas consisten en descalificar y ridiculizar. Y con eso no hacen más que enceguecerse.

Hace ya muchas décadas que nuestra izquierda desarrolló una cultura centrada en la descalificación del otro. Frente a cualquier idea, crítica o interpelación, la respuesta consiste en recurrir al viejo y primitivo “mirá quién habla”. Lo que dicen “esos” no merece ningún respeto porque son pitucos, neoliberales, burgueses, de derecha, defensores del mercado o cualquier etiqueta semejante. Como lo dicen ellos, ni siquiera hay que considerar lo que dicen. Está mal por definición.

Asombra ver hasta qué punto se ha instalado esta compulsión. Una proporción enorme de los mensajes que se leen en las redes sociales, de los comentarios que se escriben en las ediciones digitales de la prensa o de las declaraciones públicas que hacen dirigentes políticos y sociales son variantes de esta reacción elemental.

El problema de esta maniobra es que se funda en un error lógico: la verdad o falsedad de una afirmación no depende de quién la dice, ni de sus intereses, ni de sus intenciones. Esto es algo que tiene claro, por ejemplo, nuestro ordenamiento institucional. Muchas denuncias penales se hacen por los peores motivos, como la envidia o el ánimo de venganza. Pero si el delito denunciado existió, el juez procesa y condena. Lo dicho debe ser evaluado en función de su contenido. Shakespeare decía que la verdad suele hablar por boca de los locos.

Por recurrir a esta falacia hasta el abuso, buena parte de nuestra izquierda ha perdido nivel intelectual. Muchos ya no son capaces de descubrir lo que puede haber de verdad en un argumento ajeno ni de entender los mensajes que están escritos en todas las paredes.

En este país no hubo ningún caceroleo cuando el Frente Amplio creó el IRPF (con el consiguiente aumento de la presión fiscal) ni cuando postergó sus promesas de bajar el IVA. Lo hubo ahora, después de que se patinaran bastante más de 1.000 millones de dólares en Ancap, el Fondes y otras lo- curas, y después de que el presidente y el vicepresidente de la República se dedicaran a hacer juegos de palabras con lo que significa la frase “más impuestos”.

Si la izquierda gobernante no percibe el punto, lo va a pagar muy caro. Pero no habrá sido víctima de ninguna conspiración de la derecha ni de los medios, sino de su propia intolerancia y soberbia.

Pablo Da Silveira

El Toba

Héctor Gutiérrez Ruiz -el Toba- fue un gran blanco herrerista y luego wilsonista, un gran ciudadano oriental, un gran ser humano.

A pesar que la diferencia de edad que me separó de él impidió tratarlo personalmente, las referencias que tuve siempre sobre su persona y las semblanzas que de su figura he leído, me permiten hacer la afirmación anterior.

Que fue un gran blanco herrerista y wilsonista dan cuenta sus acciones al servicio del Partido Nacional, durante toda su vida.

Como herrerista primero, por su admiración a Herrera y acción a su servicio desde sus años jóvenes, por su afán de colaboración política con el sector al fundar, junto con Diego Terra, Alberto Zumarán y otros jóvenes, el Movimiento 8 de abril, en 1962, como homenaje al Caudillo muerto en igual día de 1959 y, entre otros gestos, al asumir la dirección colegiada de El Debate en 1970 junto al nombrado Terra y a Juan Carlos Furest.

Como wilsonista después, al vislumbrar -como tantos herreristas de cuna- que el camino del triunfo del Partido al servicio de la Patria se recorría acompañando a la figura emergente de Wilson en 1970.

Que fue un gran ciudadano oriental tenemos pruebas -entre otras- que surgen de su actuación como legislador y como luchador contra la opresión militar que nos birló la Libertad, lo que le costó la vida.

Que fue un gran ser humano lo dicen los innumerables testimonios de quienes se honraron de su amistad y el amor que lo unió a Matilde Rodríguez Larreta, con quien formó una familia ejemplar.

El recordado Enrique Schwengel es un referente que siempre dio idea de la dimensión humana del Toba. Lo acompañó en el emprendimiento comercial del exilio en Buenos Aires: una provisión que llamaron “Treinta y Tres Orientales”. De ese local, el “Negro” Schwengel rescató -con riesgo para su vida- la bandera alusiva al nombre del comercio al poco rato de enterarse que habían secuestrado a su amigo. Era el homenaje que su amistad exigía.

El Toba es un ejemplo de los que dieron su vida por la demencia de las Fuerzas Armadas de la época, nunca mejor expuesta que en las palabras del general Ibérico Saint Jean, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, durante la dictadura del general Jorge Rafael Videla: “Primero mataremos a los subversivos, después a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, después a los que permanezcan indiferentes”.

Con respeto y admiración, hago mías -como mi humilde homenaje al Toba- alguna de las palabras de aquella memorable carta que enviara Wilson a Videla el 24 de mayo de 1976, cuatro días después de su muerte cruel, absurda y criminal:

“Héctor Gutiérrez Ruiz es -porque eso no puede quitárselo nadie- el Presidente de la Cámara de Representantes del Uruguay. Representa en ella al Partido Nacional, a pesar de un comunicado expedido desde Montevideo por quienes se ceban, como algunos animales inmundos, en los propios cadáveres.

”La condición de integrante del Partido Nacional, de blanco, como decimos los orientales, la damos y quitamos los blancos mismos, y no está al alcance de los enemigos de su patria y de su partido.

”Tenía 43 años y presidía una maravillosa familia cristiana que integraban con su mujer y sus cinco hijos”.

 

Gustavo Penadés

El fin de un mito

La izquierda uruguaya cultivó durante décadas un sentimiento de superioridad respecto de los demás actores políticos. Se suponía que ellos eran inteligentes, honestos y bien intencionados. Los partidos tradicionales eran torpes, corruptos y malévolos. El crecimiento electoral de la izquierda era interpretado como un proceso histórico irreversible que sacaba al país de la oscuridad para llevarlo hacia la luz.

No hay dudas de que ese mito prendió en mucha gente. Eso se debió en parte a que los partidos tradicionales estaban desgastados por sus propios errores y por los costos de luchar contra condiciones económicas cada vez más adversas, pero sobre todo se debió a un hecho simple y decisivo: la izquierda nunca había gobernado. No tenía errores que reconocer ni un pasado del que hacerse cargo. Era puro proyecto.

La izquierda llegó al gobierno en 2005 y durante algún tiempo pareció que podía cumplir sus promesas. Pero cada día resulta más claro que aquello fue un espejismo.

El Frente Amplio tuvo la doble fortuna de asumir el gobierno a la salida de una crisis terrible (lo que volvía favorables todas las comparaciones) y en un contexto internacional que se había vuelto excepcionalmente benévolo. La economía crecía mucho y el presupuesto del gobierno crecía más que la economía. Los gobiernos frentistas gastaron sin medir costos ni evaluar retornos, como si las condiciones favorables fueran a durar para siempre. Era un error que ya se había cometido en el pasado, pero eso no les impidió repetirlo.

Hoy el oficialismo ve con asombro que le están pasando las mismas cosas que antes criticaban. Los errores y fracasos se acumulan y generan un lastre cada vez más pesado. Ni el brutal deterioro de Montevideo (que empieza por la mugre pero va mucho más allá) ni los desastres de Pluna o Ancap pueden ser atribuidos a ninguna herencia maldita. Tampoco pueden achacar a otros el ajuste fiscal que está en marcha, ni las carreteras rotas ni la crisis educativa. Hay procesados por corrupción e indicios de irregularidades muy graves que investiga la justicia. Hay un vicepresidente que ha hecho por sí solo más papelones que los que pueden haber cometido en conjunto muchos políticos papeloneros. En el campo internacional, el FA ha quedado enredado en el apoyo a gobiernos corruptos o a tiranías apenas disimuladas. Hay desgaste, hay pérdida de popularidad, hay conflictos internos.

Puede que todo esto sea malo a corto plazo para el Frente Amplio, pero es bueno para el país. El mito de una izquierda perfecta se está desmoronando. Ni eran tan lúcidos ni eran tan inmaculados. Llegar a esa conclusión es bueno porque nos ayuda a salir del pensamiento mágico.

En ninguna parte del mundo existen partidos políticos perfectos. Todos cometen errores. Todos se ven golpeados por la corrupción. Todos tienen trayectorias cargadas de claroscuros.

Justamente por eso es sana la rotación en el ejercicio del gobierno. Como le gustaba decir a Karl Popper, el primer objetivo de la democracia no es instalar el gobierno perfecto, que no existe, sino lograr que los que están haciendo las cosas mal hagan el menor daño posible. Todo lo demás viene después.

Los múltiples errores y fracasos del FA hacen que la democracia uruguaya se vuelva más madura. No se trata de dejar de soñar. Se trata de actuar con más responsabilidad y menos narcisismo.

Pablo Da Silveira

Alas caras

La tragedia de Dolores y las inundaciones en varios departamentos despertaron solidaridades siempre latentes. Todos, de una u otra forma ayudaron. Se dispararon cientos de expresiones de la sociedad civil, especialmente de jóvenes, que prendieron fogones de ayuda juntando tanta ropa y alimentos que desbordaron las necesidades. Hubo una, sin embargo, que más que ayuda pareció una enorme cachetada a la razón y a la inteligencia: el avión de Alas U que trasladó a Durazno donaciones del Pit-Cnt.

Esa “vela prendida al socialismo” que según el inefable Mujica fue el Fondes, subsidió una experiencia riesgosa como es la de fundar una empresa aérea de bandera que absorbiera a algunos trabajadores de la ex Pluna. Uno de los rubros más competitivos comercialmente es el de las empresas de aviación. La batalla de las aerolíneas reserva ese mercado para poderosas empresas que compiten descarnadamente por líneas y frecuencias y en ese camino se asocian para ser más grandes y posicionarse mejor.

La historia de Alas U es bien conocida y su futuro incierto, también. Muchos millones de dólares puestos por los uruguayos en préstamos y varias extensiones del seguro de paro para cientos de trabajadores es el costo, por ahora. Era un desafío muy difícil y solo la tenacidad de sus funcionarios, que fue admirable, y las facilidades económicas y financieras que todos los uruguayos aportamos, su único soporte.

En el medio de las dificultades que Alas U tiene, el vuelo a Durazno de la pasada semana opera como una burla para todos. Es obvio que se intentó congraciar a la ciudadanía con ese gesto, pero el efecto fue exactamente el contrario. Nada justifica que para recorrer 180 km de distancia trasladando mercaderías donadas, se requiera poner un Boeing 737, gastando decenas de miles de dólares de una empresa que está muy comprometida y que nació por préstamos sociales (de la sociedad uruguaya) que nunca se saldarán.

Hay un límite entre la solidaridad y la tontería, y aquí se pasó. Para hacer el traslado alcanzaba con algún viaje de camión que por unos pesos cargara el gasoil y le diera un buen viático al chofer y unos acompañantes para en algún lugar de la ruta 5 se tomara un refresco, se alimentara y en dos horas estar en destino. El viaje en avión a Durazno es una burla que no solo no muestra solidaridad, sino que golpea en un país que ya vio derroches majestuosos en empresas públicas fundidas por la desidia, la politiquería, el amiguismo y la corrupción y ahora ve cómo le toman el pelo gastando innecesariamente decenas de miles de dólares, de una empresa subsidiada, para hacer lo que por unos pocos pesos se podría haber hecho en forma más racional y respetuosa de la gente.

La justificación de una aerolínea de bandera se debe hacer por la eficiencia en la administración de recursos y el buen servicio que le permita subsistir en un mundo muy competitivo. En definitiva, Alas U vuela por dinero público, el mismo que ahora hace falta para ayudar en la emergencia social y productiva por la que atraviesa buena parte del Uruguay. Gastar miles de dólares de ese dinero en un vuelo absolutamente injustificable, solo movido por razones políticas, es una enorme falta de respeto, por lo menos eso.

Ese vuelo fue una parodia de mal gusto en el medio de una ola de solidaridad anónima de miles de uruguayos, de la que sí hay que estar muy orgullosos.

 

Javier García

La droga mata

El título resume el camino final al que llevan las drogas. Alfredo Leuco, periodista argentino, lo usó esta semana y me parece gráfico. No hay que andar con mucha vuelta para decir algo que puede ser políticamente incorrecto pero científica y socialmente incontrovertible.

A muchos les quita la vida directamente, al contado, y a otros tantos se las quita en cuotas; los aleja, los aparta y los engaña, hasta que ya es tarde. Hablar contra las drogas, dicen los manuales de política práctica, es conservador. Lo “progresista” es ignorar que son un veneno letal y tener un discurso amigable hacia ellas. Lo que pasa es que proteger la vida, defender la salud, poner todos los recursos en atender la enfermedad que es la adicción y al que cae en ella, debería ser lo progresista y lavarse las manos y dejar que se mueran gurises por no decir las cosas por su nombre, es lo realmente reaccionario. Legitimar el arma que mata es de egoístas y de irresponsables.

El sábado pasado mataron a 5 jóvenes en Buenos Aires, uno era uruguayo. Los mataron con drogas sintéticas, de “diseño”. No son los primeros ni serán los últimos. Podían haber muerto aquí como otros lo han hecho, al contado y con porquerías que fabrican asesinos que ganan mucho dinero matando con sustancias. Hoy en Uruguay hay muchos a los que están matando en cuotas con esas mismas pastillas de droga sintética, que compran en sectores de buen poder adquisitivo o con otra porquería barata, hecha para los pobres, como la pasta base. El veneno es democrático. Todos vemos esto, sin embargo aquí el discurso políticamente correcto llevó a legalizar la marihuana, otra droga pesada que lastima y abre las puertas para otras sustancias, a pesar del buen marketing del que disfruta. El discurso oficialista y de moda fue legitimador, le bajó la percepción al terrible peligro de consumir.

La droga no recrea, la droga mata y no decirlo es asociarse por omisión a la muerte y dejar varados y sin ayuda a quienes las consumen. El silencio canchero o el afirmar que la droga por sí no mata es como gatillar un arma. Consumir es tan recreativo como jugar a la ruleta rusa con una pistola. La muerte no es un “accidente”, es inevitable, solo cuestión de tiempo.

En nuestro país con una pose seudoprogresista se mira con ojos simpáticos las manifestaciones de legalización, paradigma de algunos organismos internacionales y ONGs que lucran con esto.

Tolerancia Cero al alcohol con acierto para manejar, pero cuando proponemos lo mismo para la droga nos dicen que no se puede. Va en contra del discurso oficialista y simpático.

Hay que decir las cosas claras, no se puede mirar para el costado y dejar que el silencio se lleve a tantos chiquilines. Es con compromiso que se ayuda y no con silencio políticamente correcto, egoísta e hipócrita.

Lo que mata es la inmundicia letal que esos asesinos le dan a nuestros hijos y que se aprovecha del silencio de adultos que saben y no dicen nada y un discurso de moda con el paradigma de la legalización, que por quedar políticamente bien se calla. Se dice que la guerra a las drogas fracasó. Está a la vista que sí, por lo menos esta pelea que se dobla ante la tentación de hablar con palabras lindas que anuncian libertad pero terminan con ella, dejando a miles de jóvenes indefensos a la suerte de estos criminales. La droga mata y también el silencio y la hipocresía social y política.

 

Javier García

La vitalidad de la sociedad civil

Jubilar, Impulso, Providencia, Espigas, son los nombres de centros educativos que cada vez más atraen la atención de la sociedad. Siendo privados, están abiertos a todo el público, con una oferta educativa y de formación diferente. Los logros de los estudiantes son la única oportunidad que tienen niños y jóvenes para superar situaciones complicadas en lo social, afectivo y económico.

Más allá de las investigaciones sobre los resultados educativos de esos centros en relación a otros -en poco tiempo se dará a conocer un nuevo estudio al respecto- cualquiera puede advertir que en ellos existe una manera distinta de trabajar.

Son ejemplos de lo que son las organizaciones de la sociedad civil. En nuestro país, desde las épocas del Hospital de Caridad los ciudadanos se han organizado para desarrollar acciones dirigidas a satisfacer necesidades que de otro modo no se podrían cubrir. La infancia, la salud y la vejez son preocupaciones que estuvieron siempre presentes.

En el presente siguen naciendo sociedades con el objetivo de obtener respuestas a demandas que el Estado no brinda. En muchos casos las autoridades públicas no tienen conciencia de la problemática o, teniéndola, no vierten para su atención los recursos requeridos, o, si los vierten, lo hacen de forma ineficiente.

A pesar de la multiplicidad de experiencias exitosas de instituciones sociales, religiosas o filosóficas, persisten sectores que ven en la actividad privada una usurpación de competencias que tienen la convicción de que le pertenecen en exclusividad al Estado o a los sectores gremiales.

Los centros educativos referidos demuestran que es necesario y posible un cambio en la gestión de la educación pública. Existen muchas escuelas y liceos públicos que son ejemplares, pero no es el caso de la generalidad. Los especialistas enumeran un conjunto de factores para explicar las dificultades, pero coinciden en que las dimensiones del sistema público y la gran centralización son elementos determinantes. Dicen que se necesitan centros dotados de mayor grado de autonomía, con equipos multidisciplinarios permanentes, muy integrados al barrio y que incluyan a las familias en el trabajo. Esto requiere una institucionalidad diferente, para enmarcar y potenciar el trabajo de los educadores.

El Frente Amplio ha sido contrario a cambios en la institucionalidad de la Educación. Esta mantiene, con algunos agregados, la estructura básica desde antes de la dictadura. La presencia gremial no aportó ningún cambio sustancial, sino que ambienta alianzas y conflictos político-gremiales que terminan por sacar a los niños y jóvenes del centro de atención.

No obstante, el FA ha generado un instrumento muy poderoso para contribuir al financiamiento de las instituciones privadas, como lo es el de las Donaciones Especiales. Este régimen permite a muchas organizaciones acceder a financiamiento que, de otra manera, estaría fuera de su alcance y se extiende también al sector público en materia de enseñanza, investigación y atención de la minoridad.

En definitiva, son necesarios más institutos como los referidos. Son un ejemplo de lo que se puede lograr cuando se pone inteligencia, cariño y genuino interés al servicio del progreso y bienestar de los demás.

 

Gustavo Penadés

 

Siempre frágil

Los sucesos de estas horas en Brasil nos recuerdan una vez más la eterna fragilidad del orden democrático. Lo que está ocurriendo no es bueno. Y, como casi siempre ocurre cuando las cosas se complican, las responsabilidades están repartidas.

Hay, desde luego, una enorme responsabilidad de la oposición, que está utilizando un recurso institucional extremo para librar una batalla política. El juicio parlamentario al presidente está previsto en la Constitución del Brasil y puede ser aplicado cuando el titular del Ejecutivo incurre en un “crimen de responsabilidad”. Así ocurrió en 1992 con el presidente Collor de Mello, al que se le probaron graves actos de corrupción. Pero es materia de debate que pueda decirse lo mismo de Dilma Rousseff. Una cosa es criticar la gestión de un presidente y restarle apoyo político, pero otra muy distinta es probar un delito específico. Peor todavía es votar a favor de un “impeachment” invocando a Dios, los parientes o una supuesta voluntad del pueblo.

También la presidenta Rousseff tiene responsabilidad. Puede que el debidamente probado maquillaje de resultados fiscales no sea un “crimen de responsabilidad”, pero es un acto inaceptable en términos políticos, jurídicos y morales. A eso se suma su actitud de franco encubrimiento ante las múltiples denuncias de corrupción que involucran a su partido, cuya máxima expresión fue el nombramiento como ministro del expresidente Lula. Actuando de este modo, Dilma aniquiló la confianza de millones de brasileños, no solo en ella misma y en su gobierno sino en las propias instituciones políticas. Si a eso sumamos la actitud displicente que los gobiernos del PT han tenido hacia el Congreso, es inevitable concluir que Rousseff se encargó de poner un arma cargada en manos de sus enemigos. Eso no justifica que la hayan utilizado, pero el punto es que no hubieran podido hacerlo si no la tenían. No es usual que el 72% de una cámara de diputados vote en contra del presidente en ejercicio.

También hay responsabilidad de parte de los muchos simpatizantes que todavía tiene Dilma, tanto dentro como fuera de Brasil. Hablar de golpe de Estado es insostenible y solo ayuda a agravar las cosas. El juicio político es un instituto previsto en la Constitución, y al menos hasta ahora se vienen respetando todos los procedimientos. Es falso entonces hablar de golpe de Estado. Pero, además, ese uso imprudente del término solo ayuda a erosionar la cultura cívica.

Quienes hablan de golpe olvidan que el propio PT participó del proceso de destitución de Collor de Melo y que intentó iniciar varios juicios políticos contra los presidentes Itamar Franco y Fernando Henrique Cardoso. En aquellas ocasiones, el propio Lula y otros dirigentes del PT decían que el impeachment era un instrumento legítimo de la voluntad popular. Ahora es golpismo. Del mismo modo, muchos de los que hoy se indignan ante lo ocurrido en Brasil justifican las barbaridades de Nicolás Maduro en Venezuela. Parecería que las instituciones se usan bien o mal según quién tome las decisiones, no según lo que se haga.

La institucionalidad democrática sólo consigue sostenerse en el tiempo cuando todos los que participan en el combate político saben que, además de adversarios, son socios en el esfuerzo de proteger un patrimonio común. Eso es lo que está en juego en Brasil y en toda América Latina.

Pablo Da Silveira