Peor que un crimen

Peor que un crimen

Peor que un crimen

Cuando el país empezó a tomar conciencia del desastre de Ancap, su expresidente Raúl Sendic acumuló una serie de explicaciones inverosímiles y contradictorias. La culpa era del tipo de cambio, del Ministerio de Economía que no lo dejó ajustar tarifas y hasta (insólitamente) de los estacioneros. El único que no tenía responsabilidad era él. Las explicaciones consideradas más lógicas por el resto de los observadores (por ejemplo, los negocios ruinosos con ALUR) no figuraban en su repertorio.

Cuando el país se enteró de que Sendic no tiene nada parecido a lo que en el mundo se llama una licenciatura, su reacción fue todavía más extravagante. Primero admitió públicamente que no era licenciado; luego dijo que había hecho una licenciatura de dos años; luego se supo que le había contado a Daniel Martínez que no tenía título; finalmente afirmó que hizo una licenciatu- ra de un año más dos de práctica (algo que no existe en ninguna universidad seria del planeta). Una vez más se sucedieron las contradicciones, así como la tendencia a esquivar la responsabilidad y culpar a los demás (en este caso denunció una conspiración de la prensa y “la derecha”, que es la etiqueta que usa el oficialismo para referirse a lo que en el mundo democrático se llama “oposición”).

Si Raúl Sendic fuera un ciudadano privado, la única conclusión relevante es que no es la clase de persona a la que conviene comprarle un auto usado. Pero ocurre que no es un ciudadano más, sino un importante dirigente político y el vicepresidente del país. De modo que también hay aquí una dimensión política y una dimensión institucional.

En el campo político, no hay que olvidar que Sendic integró una fórmula que prometió traer certezas a los uruguayos. ¿Cuál es la coherencia entre ofrecer tales certezas y llevar como candidato a un hombre que se contradice todo el tiempo y es incapaz de asumir sus propios errores? ¿El doctor Tabaré Vázquez, que es universitario y sabe lo que cuesta obtener un título, ignoraba esta situación? ¿No lo sabían aquellos que hoy atacan agresivamente a Sendic, pero hace poco más de un año militaban con la misma agresividad a favor de la fórmula que él integraba?

Estos cuestionamientos políticos son válidos, pero empalidecen ante el problema institucional. Porque quien rehúye responsabilidades, oculta errores y da explicaciones inverosímiles es el vicepresidente de todos los uruguayos y el encargado de presidir las sesiones del Senado de la República. Si quien ocupa ese cargo no es capaz de inspirar confianza, el tejido institucional se debilita.

Hasta este fin de semana, el Frente Amplio tenía la posibilidad de reaccionar con madurez y sentido democrático. Pero el Plenario y el propio presidente Vázquez eligieron el camino opuesto. No solo cerraron filas en torno a Sendic, sino que recurrieron a la peor retórica del chavismo y del kirchnerismo: según ellos, el problema es que hay un complot desestabilizador. Si los uruguayos creíamos estar a salvo de esas locuras tropicales, nos equivocamos feo. Pero más se equivocaron el Frente Amplio y el gobierno, al abrazarse a una causa indefendible y al defenderla de ese modo.

La pregunta es cuánto demorará el oficialismo en calibrar el tamaño del problema en el que se ha metido. Para recordar la irónica frase de Fouché, lo que acaba de hacer “es peor que un crimen, es una estupidez”.

Pablo Da Silveira

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