Política y mentira

En el mundo hay muchísimos políticos que mienten ocasionalmente, y unos cuantos que lo hacen bastante. (También en esto, los políticos no hacen más que parecerse al resto de la gente). Son menos, en cambio, los políticos que convierten a la mentira sistemática en un arma fundamental de construcción de poder. Estos son los cultores de lo que ahora se llama “post-verdad”.

Pero los políticos que cultivan la “post-verdad” no son un grupo homogéneo. Sin perjuicio de otras posibles clasificaciones, gruesamente caen en dos grandes grupos: aquellos que dicen la verdad sobre sus objetivos pero se sirven de la mentira sistemática como un medio, y aquellos que también mienten sobre sus propósitos.

Un ejemplo clásico del primer grupo es Adolf Hitler. A Hitler se lo puede acusar de muchas cosas horrendas, pero no de haber engañado a los alemanes respecto de cuáles eran sus fines. Alcanza con leer ese libro atroz que es Mi Lucha (una obra que publicó en 1925, cuando estaba lejos de alcanzar el poder) para encontrar anunciadas todas las barbaridades que después hizo, desde la furiosa anexión de territorios hasta el intento de exterminio del pueblo judío.

Hitler se sirvió de la mentira (por ejemplo, inventando conspiraciones comunistas y judías) para construir su acceso al poder y para mantenerse en él. Pero no mintió sobre sus objetivos. Eso explica en parte la incomodidad que está generando en Alemania la venta masiva de Mi Lucha, luego de que la obra pasara a ser de dominio público: alcanza con recorrer sus páginas para que se haga trizas el argumento del “no sabíamos”.

Otros cultores de la “post-verdad” no solo usan la mentira sistemática como medio para alcanzar sus fines, sino también para ocultar sus objetivos. Los grandes maestros de esta maniobra fueron los “socialismos reales”. Mientras los nazis decían y hacían cosas horribles, los gobiernos comunistas hacían cosas horribles revistiéndolas de palabras hermosas.

Stalin mató a más gente que Hitler. Solo la hambruna deliberadamente provocada en Ucrania en los años 1932-1933 costó seis millones de vidas (lo mismo que el holocausto judío). Millones pasaron por los campos de trabajo, donde la tasa de muertes era atroz. Cualquier disidencia conducía a ese destino. De hecho, Stalin y Mao son los dos gobernantes que mataron más comunistas en el mundo.

Sin embargo, esas atrocidades se realizaban tras un telón de palabras admirables. Así actuaba Stalin y así actuaban sus seguidores. Cuando Stalin murió en 1953, el semanario Justicia, vocero oficial del Partido Comunista uruguayo, lo despidió diciendo: “Una irreparable desgracia ha caído sobre la humanidad avanzada y progresista. En todos los rincones del mundo, los hombres y mujeres amantes de la paz y la democracia han recibido, con el corazón acongojado, la dolorosa información de la muerte del camarada Stalin, abanderado de la paz…”.

En las últimas décadas, y especialmente en el continente americano, los cultores de la “post-verdad” han sido de este segundo tipo. El Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez, los Kirchner, Nicolás Maduro, hicieron atrocidades de diversa magnitud (salvando las distancias con Stalin) mientras invocaban altos ideales. Una de las sorpresas que ha traído Donald Trump es que vuelve a la “post-verdad” del primer tipo: dice y hace cosas repugnantes, mientras manipula la realidad para justificarse.

Pablo Da Silveira