Un proyecto nefasto. Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

n estos días empieza el debate parlamentario sobre el proyecto de ley que crearía la Universidad de la Educación. El oficialismo tiene gran interés en aprobarlo, porque así tendría al menos un resultado concreto que mostrar en el terreno educativo.

Pero, cuando se examina el articulado con atención, es inevitable concluir que el proyecto es inaceptable.

Lo que se propone no es crear una nueva universidad pública, sino dar ese nombre al conjunto de centros de formación docente que hoy existen, sin hacer ningún esfuerzo por reducir la inmensa distancia que los separa del mundo universitario.

¿Por qué se hace ese intento? En parte, porque el oficialismo cultiva el pensamiento mágico: parecería que, si empezamos a usar el vocabulario propio del mundo universitario, la formación docente alcanzará espontáneamente ese nivel. Desde luego, eso no va a ocurrir. Para saberlo alcanza con observar que el actual sistema de formación docente atiende a unos 25 mil estudiantes en todo el país, pero apenas tiene 7 profesores entre los 1.521 que integran el Sistema Nacional de Investigadores. Eso es un indicador de extrema debilidad académica.

Claro que no todo es ingenuidad. También hay aquí un operativo de control gramsciano. La idea es crear un monopolio que tenga en sus manos toda la formación docente nacional, porque no solo preparará de manera directa a buena parte de los futuros docentes, sino que se encargará de reconocer (con las condiciones que decida fijar) los títulos de las demás instituciones públicas o privadas que actúen en el área. Al mismo tiempo, y por ser una universidad autónoma, esa institución estará fuera del alcance de cualquier forma de control por parte de los representantes de los ciudadanos. Quien tome el control interno de la Universidad de la Educación, manejará a su antojo la formación de las futuras generaciones de docentes.

Ni universidad, ni mejora de la calidad académica. Solo endogamia y control político. Quien crea que esta interpretación es alarmista, haría bien en leer el Artículo 11 del proyecto de ley. Allí se establece que, para ser Rector de la Universidad de la Educación, “se requiere poseer título universitario o de formación en educación válido en el país, o formación equivalente, producción académica relevante y un desempeño de por lo menos diez años en instituciones públicas” vinculadas a la educación.

Esto significa que el rectorado de la Universidad de la Educación podría ser ejercido por un licenciado universitario, un maestro o un profesor de liceo titulado. También podría ser Rector alguien sin ningún título, mientras pueda exhibir “formación equivalente” (cualquiera sea el significado de esa frase), producción académica y diez años de trabajo en la educación pública.

Todo esto está muy lejos de las prácticas habituales en el ámbito académico, que exigen como mínimo títulos universitarios de posgrado, y normalmente de doctorado, a quienes aspiren a un puesto de Rector. La descripción está muy cerca, en cambio, del perfil de algunas personas que vienen impulsando desde hace años la creación de la Universidad de la Educación.

No hay nada en este proyecto que permita afirmar que se está creando una universidad. Aprobarlo tal como está nos hundiría en una gran mentira colectiva y dejaría al conjunto de la formación docente en manos de un monopolio sin control ciudadano.

Pablo Da Silveira 

¿Se “nettiza” el gobierno? Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

El presidente del Codicen, profesor Wilson Netto, tiene un lugar bien ganado como especialista en deformar la realidad y festejar éxitos inexistentes.

Quien no conozca Uruguay y escuche sus palabras, puede pensar que estamos en algún lugar entre Finlandia y Singapur.

Netto empezó su carrera vendiendo la idea de que todo andaba bien en UTU, al tiempo que escondía todos los datos que permitieran evaluarla. Luego, ya en el Codicen, ha festejado la caída de la repetición en Primaria, sin mencionar las presiones que reciben los maestros ni al hecho de que esa caída tuvo como contracara una explosión de la repetición en el Ciclo Básico. También festejó la caída del abandono estudiantil en la enseñanza media, sin mencionar la manipulación de las cifras de inasistencia que viene siendo denunciada desde dentro del sistema. Y últimamente festeja el aumento de las tasas de promoción en Secundaria, sin mencionar que se está impulsando una rebaja de los niveles de exigencia similar a la que antes se impuso en Primaria. Todo esto sin hablar de aquel falso y patético festejo tras malinterpretar los resultados de la última medición de PISA.

Uno hubiera esperado que, en nombre de la seriedad en el manejo de los asuntos públicos, el gobierno le hubiera pedido a Netto que no vendiera tanto humo, al tiempo que le hubiera exigido abandonar la burda treta de esconderse detrás de un discurso vago, monocorde y soporífero. Pero no sólo no lo hizo, sino que está ocurriendo lo contrario: en los últimos días aparecieron indicios de que el gobierno, y el propio presidente de la República, han decidido encarar el año 2018 recurriendo a las maniobras del señor Netto.

En su edición del jueves pasado, el semanario Búsqueda publicó una entrevista al presidente de la República en la que éste afirma que la educación será su prioridad para 2018. Esto ya es un hecho llamativo, porque el primero de enero de 2017 Vázquez había definido a la educación y al sistema de cuidados como las prioridades para el año que recién terminó. Como es evidente, esas palabras no se tradujeron en logros significativos.

Pero hay más. En la entrevista Vázquez festeja los buenos resultados que se estarían logrando en educación, y para probarlo hace afirmaciones como esta: “estamos logrando cosas muy importantes, sobre todo en esa interfaz que hay entre el niño y la niña que sale de Primaria y pasan a Secundaria, al Ciclo Básico, con los acompañamientos que se están haciendo”.

Dicho en breve, el presidente Vázquez empieza a hablar como Wilson Netto. Además recurre a sus mismas maniobras, como dirigir la atención hacia problemas que son secundarios. Cualquiera sabe que la gran fuga de estudiantes no se produce en el pasaje de la educación Primaria a la Media.

Vázquez prometió en campaña logros tremendamente ambiciosos. Por ejemplo, que para el año 2020 el 75% de los jóvenes esté terminando bachillerato. Con el tiempo jugando en contra y muy lejos de alcanzarlos, el presidente parece haber caído en la tentación de “nettizarse”. Y no sólo él. El mismo jueves 28 de diciembre (vaya fecha) el prosecretario de Presidencia, Juan Andrés Roballo, confirmó que 2018 será para el gobierno el año de la educación.

Parece que tendremos que prepararnos para doce meses de venta de humo bien organizada, con la que se intentará ocultar uno de los mayores fracasos de este gobierno.

Pablo Da Silveira

Formar directores. Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

El cargo de director de escuela o de liceo fue en sus orígenes un lugar al que se llegaba como culminación de una buena carrera docente. Un maestro o un profesor de secundaria con una larga trayectoria de trabajo en el aula, en cierto momento era “ascendido” a director.

Esta manera tradicional de ver las cosas tenía un problema evidente: los talentos y capacidades que hacen falta para ser bueno en el aula no son los mismos que hacen falta para dirigir una institución. Suponer que porque alguien es un buen docente también puede ser un buen director es tan ingenuo como pensar que porque alguien es un buen violinista también puede ser un buen director de orquesta. Con los “ascensos” decididos bajo ese supuesto, muchas veces se perdió un buen docente a cambio de ganar un mal director.

Este problema fue correctamente identificado hace un par de décadas, y desde entonces se multiplicaron los cursos y acciones de capacitación para preparar directores. Pero, en términos comparativos, todavía estamos lejos de lo que hace falta para romper con aquel viejo paradigma.

Ser director, o formar parte de un equipo de dirección, significa estar preparado para el ejercicio descentralizado del liderazgo educativo. El pleno desempeño de ese rol requiere combinar la gestión administrativa (el cumplimiento de normas, el manejo prolijo de la documentación), con la gestión pedagógica (selección de metodologías, definición de metas, evaluación de resultados), con la gestión de procesos institucionales complejos (planificación estratégica, asignación de recursos, construcción de reglas).

Es por eso que para formar buenos directores no alcanza con informarlos sobre las normas y procedimientos vigentes. Además hace falta transmitir conceptos sobre desarrollo organizacional, sobre gestión de clima laboral y escolar, sobre liderazgo, sobre comunicación institucional. También es necesario entrenar a los candidatos en el manejo de herramientas de gestión específicas y en el uso de indicadores.

Y no solo hay que formar en el punto de partida, sino también asegurar de manera permanente las condiciones que harán posible un ejercicio eficaz y satisfactorio de la función. Eso exige desde el acompañamiento y la capacitación en servicio hasta políticas de diferenciación salarial (en el Uruguay de hoy, un director puede ganar bastante menos que algunos de sus docentes). También incluye una asignación descentralizada de recursos, que permita tomar auténticas decisiones de desarrollo institucional dentro de cada centro educativo.

En el debate sobre educación que empieza a consolidarse en el país, mucha gente sostiene que la recuperación de nuestra enseñanza pasa por el fortalecimiento de las comunidades educativas. Y esa es una idea esencialmente correcta. Pero debemos saber que esa tarea no podrá ser realizada con éxito si no prestamos mucha atención a la selección, formación y seguimiento de las nuevas generaciones de directores, o si nos olvidamos de crear condiciones que den estabilidad a los equipos de conducción y les permitan desarrollar y ejercer sus capacidades de liderazgo.

La experiencia internacional enseña que la descentralización pedagógica e institucional no suele ser exitosa si no va acompañada de esta clase de esfuerzos. Eso es parte de lo que hay que ir preparando desde hoy para iniciar un tiempo de cambios en nuestra enseñanza.

Pablo Da Silveira

Democracia desafiada. Editorial del Dr Pablo Da Silveira

La democracia, dijo Churchill, es el peor de los regímenes políticos con excepción de todos los demás. Y hasta hoy no ha aparecido un contraejemplo.

Eso no significa que no enfrente dificultades. De hecho, hoy vivimos un período tan cargado de desafíos como no ocurría desde los años treinta del siglo XX, es decir, desde la oscura época en la que crecieron, entre otros, el fascismo, el falangismo, el nazismo y el estalinismo. Trump en Estados Unidos, Le Pen y Mélenchon en Francia, Wilders en Holanda, Podemos en España y las diversas variantes de populismo que conocemos en América Latina son, más allá de especificidades, síntomas de una misma ruptura entre buena parte del electorado y una manera de entender la democracia.

Explicar esta evolución no es sencillo, pero al menos parte de la respuesta tiene que ver con un cambio ocurrido en el correr del siglo XX: la sustitución de una democracia de elites por una democracia de masas.

Desde los tiempos de la primera revolución inglesa hasta bien entrado el siglo pasado, los mecanismos de representación política fueron entendidos como un instrumento para seleccionar a las elites encargadas de gobernar. No solo ocurría que una pequeña parte de la sociedad tenía derecho a voto. Además, el voto se entendía como una manera de elegir a los más capacitados para asumir responsabilidades públicas. Por ejemplo, la elección indirecta del presidente de la república era una manera de delegar en los notables de cada lugar la tarea de discutir y entrar en contacto con unos candidatos que eran desconocidos para la gran mayoría.

La ampliación de los derechos políticos y la evolución tecnológica permitieron avanzar hacia una democracia que se volvió más inclusiva y, en consecuencia, más sensible a una gran diversidad de demandas. Pero durante un buen tiempo se mantuvo la idea de que las elecciones eran un mecanismo para elegir a los más aptos para gobernar. Hasta hace bien poco, los ciudadanos entendían que se votaba para elegir a quienes se consideraban más capacitados que el votante promedio.

Esa cultura política hoy está en cuestión. Muchos estadounidenses que votaron a Donald Trump, no lo hicieron porque lo consideraran mejor que ellos sino porque lo veían como un igual (por ejemplo, como alguien que compartía un mismo desprecio hacia los políticos profesionales instalados en Washington). Por una razón similar (no por estar mejor preparado, sino por ser como ellos) muchos uruguayos votaron a José Mujica.

Este cambio viene acompañado de cosas buenas: la ciudadanía de las democracias actuales es menos sumisa y está menos dispuesta a tolerar castas que se rodeen de privilegios. Pero también hay aquí graves peligros.

Que un candidato sea como yo en su manera de hablar o en su manera de despreciar a “los que siempre mandaron” no garantiza que sea un buen gobernante, ni que sea justo. Por otro lado, si bien es bueno ampliar el círculo de quienes están en condiciones de disputar el acceso al gobierno, difundir la idea de que el pueblo como un todo puede ejercerlo de manera directa es promover una fantasía fácil de manipular.

De manera general, quienes han gobernado en nombre del pueblo como un todo (il popolo, das Volk, la España Una, el proletariado soviético) han hecho más daño que quienes reconocen haber sido transitoriamente electos por una ciudadanía que votó dividida.

Pablo Da Silveira

Narcisismo moral. Editorial del Dr. Pablo Da Silveira

El Frente Amplio viene de pasar unos días de tensión interna como pocas veces había vivido.

Primero fue la aprobación de una comisión parlamentaria para investigar los vínculos entre empresas privadas y partidos políticos, incluyendo casos muy oscuros como el de Aire Fresco. Luego fue el golpe de Estado en Venezuela y la consiguiente necesidad de pronunciarse sobre esos hechos. Ambos episodios pusieron en evidencia fracturas muy profundas, que van mucho más allá de lo táctico y aun de lo estratégico. La tibia condena al golpe de Maduro que emitió la Mesa Política del Frente Amplio fue aprobada por un voto de diferencia.

Algunas figuras del oficialismo salieron a minimizar los hechos y hablaron de “circo político”. Pero la verdad es que esos cimbronazos los sacudieron. No sólo está en juego el espíritu de unidad entre las diversas fuerzas que conforman la izquierda, sino algo todavía más profundo: estos episodios suponen un duro golpe al narcisismo moral que, desde hace muchos años, ha sido uno de los rasgos distintivos del frenteamplismo.

El narcicismo moral es una actitud resumible en una única frase que se da por autoevidente: nosotros somos los buenos. Todo lo que hacemos está bien por definición, porque lo hacemos nosotros. Todo lo que hacen los otros está mal, porque lo hacen ellos. No hay nada que evaluar ni nada que vigilar respecto de nuestro propio comportamiento. Tampoco hay ningún mérito a reconocer en el comportamiento ajeno.

Un corolario político de esta visión es que lo mejor que puede ocurrir es que gobernemos nosotros. También por definición, nuestro gobierno será el gobierno de los buenos. En consecuencia, cualquier método que se utilice para llegar al gobierno es válido, como también es válido cualquier método para mantenernos en él. También es legítimo todo procedimiento que se utilice para impedir que gobiernen otros. Todo esto se justifica porque, nuevamente por definición, que ellos gobiernen es malo y que vuelvan a gobernar es un retroceso. En cambio, que lo hagamos nosotros es bueno para el mundo y supone un progreso en la historia.

Esta visión simplista y autocomplaciente es un pasaporte hacia la degradación moral. Dado que ya no hay cosas que estén bien o mal independientemente de quién las haga, todo se vuelve relativo: si lo hago yo es porque era necesario para asegurar el mejor resultado posible, que es, casualmente, que yo gane. Así es como uno termina permitiéndose mentir de manera descarada durante una campaña electoral (por ejemplo, prometiendo que no va a aumentar los impuestos aunque sepa que va a hacerlo), dar apoyo a un vicepresidente que engaña a un país entero acerca de sus títulos académicos o escandalizarse ante el ejercicio de una forma elemental de control democrático como son las comisiones investigadoras.

También por esta vía uno se autoriza a no considerarse responsable de nada. Uno no es responsable de las familias que sufren como consecuencia del delito, ni de los miles de “ni-ni” que se están quedando sin futuro, ni de las empresas que cierran porque no pueden con el costo del Estado, ni del despilfarro de centenares de millones de dólares en Ancap. Nada de eso es grave porque lo hice yo. Si lo hubiera hecho otro, sería escandaloso.

El narcisismo moral es una enfermedad infantil de la izquierda que nos gobierna. Felizmente, cada día es menos sostenible.

Pablo Da Silveira

Academia y frentismo

Con casi 80 años de edad, Benjamín Nahum puede preciarse de haber dejado una honda huella en el campo de la investigación histórica. Sus méritos incluyen una trayectoria sostenida durante más de medio siglo, mucha productividad y un fuerte impacto sobre miles de lectores.

Este diario publicó la semana pasada una larga entrevista en la que Nahum despliega toda su vitalidad intelectual. También muestra que conserva viejas miopías ideológicas, cultiva una visión sesgada de la historia y aún no percibe la importancia de los controles y equilibrios democráticos. Todo muy propio de una academia que practicó durante décadas un marxismo elemental.

Nahum sigue hablando de “sectores de la clase obrera” para referirse a un sindicato como ADEOM, que tiene pocos obreros y una gran mayoría de afiliados de cuello blanco. Esto no es raro en alguien que en su momento intentó aplicar la categoría marxista de “campesino” a un campo uruguayo donde nunca existió tal cosa.

También sigue creyendo que nuestra economía pudo crecer porque tuvo la suerte de contar con “una proteína libre vagando por el campo”. Para él, esa frase sigue vigente: “Veo trabajar al obrero acá y me doy cuenta que este país está liquidado. (…) En el mundo un obrero calificado produce cien; acá produce treinta. Así no competimos con nadie.

Absolutamente. La única que puede mantener la competencia es la vaca. Pero el hombre…”. Lo que este enfoque ignora es que detrás de una vaca uruguaya de hoy (muy distinta a la de hace un siglo) hay un gran esfuerzo en investigación y desarrollo que es mérito de seres humanos altamente calificados. La vieja academia sigue sin entender cómo se genera riqueza en este país.

Nahum sigue contando una versión parcial de nuestra historia. Para él, Batlle fue el único que percibió la importancia de la cuestión social, mientras los blancos eran incapaces de ver “al desgraciado que tenían al lado”. Ese enfoque unilateral ignora, por ejemplo, que Manuel Oribe impulsó las primeras leyes de seguridad social que conoció el país, o que Luis Alberto de Herrera y Carlos Roxlo presentaron en 1905 dos proyectos de ley que reducían la jornada de trabajo e introducían medidas inéditas de seguridad laboral. Esos proyectos no fueron aprobados porque no los votó el batllismo, que recién legislaría sobre el tema en 1915.

Para Nahum, la sensibilidad social de Batlle justifica sus déficits democráticos: “A José Batlle y Ordóñez se lo criticó porque no patrocinó una democracia política, una vigencia abierta y clara del sufragio obligatorio, de la representación proporcional, de la vigencia de ciertos principios básicos para un proceso claramente democrático. Lo que sucede es que Batlle hizo tanto en el plano social y económico, y sobre todo en el plano humano, que yo le disculparía lo otro”. O sea: las garantías formales no importan. Salvando las inmensas distancias (todas a favor de Batlle) se trata del mismo argumento que se ha usado para justificar a Fidel Castro, a Velazco Alvarado o a los Kirchner.

Lo interesante es que este mismo Nahum, tan representativo de la vieja matriz cultural de la izquierda, se declara “medio pesimista” ante unos gobiernos frentistas a los que ve hundidos en el corporativismo, incapaces de mejorar la enseñanza y conducidos por hombres “de setenta y pico de años” que ya no están en condiciones de manejar un país.

Pablo Da Silveira

Política y mentira

En el mundo hay muchísimos políticos que mienten ocasionalmente, y unos cuantos que lo hacen bastante. (También en esto, los políticos no hacen más que parecerse al resto de la gente). Son menos, en cambio, los políticos que convierten a la mentira sistemática en un arma fundamental de construcción de poder. Estos son los cultores de lo que ahora se llama “post-verdad”.

Pero los políticos que cultivan la “post-verdad” no son un grupo homogéneo. Sin perjuicio de otras posibles clasificaciones, gruesamente caen en dos grandes grupos: aquellos que dicen la verdad sobre sus objetivos pero se sirven de la mentira sistemática como un medio, y aquellos que también mienten sobre sus propósitos.

Un ejemplo clásico del primer grupo es Adolf Hitler. A Hitler se lo puede acusar de muchas cosas horrendas, pero no de haber engañado a los alemanes respecto de cuáles eran sus fines. Alcanza con leer ese libro atroz que es Mi Lucha (una obra que publicó en 1925, cuando estaba lejos de alcanzar el poder) para encontrar anunciadas todas las barbaridades que después hizo, desde la furiosa anexión de territorios hasta el intento de exterminio del pueblo judío.

Hitler se sirvió de la mentira (por ejemplo, inventando conspiraciones comunistas y judías) para construir su acceso al poder y para mantenerse en él. Pero no mintió sobre sus objetivos. Eso explica en parte la incomodidad que está generando en Alemania la venta masiva de Mi Lucha, luego de que la obra pasara a ser de dominio público: alcanza con recorrer sus páginas para que se haga trizas el argumento del “no sabíamos”.

Otros cultores de la “post-verdad” no solo usan la mentira sistemática como medio para alcanzar sus fines, sino también para ocultar sus objetivos. Los grandes maestros de esta maniobra fueron los “socialismos reales”. Mientras los nazis decían y hacían cosas horribles, los gobiernos comunistas hacían cosas horribles revistiéndolas de palabras hermosas.

Stalin mató a más gente que Hitler. Solo la hambruna deliberadamente provocada en Ucrania en los años 1932-1933 costó seis millones de vidas (lo mismo que el holocausto judío). Millones pasaron por los campos de trabajo, donde la tasa de muertes era atroz. Cualquier disidencia conducía a ese destino. De hecho, Stalin y Mao son los dos gobernantes que mataron más comunistas en el mundo.

Sin embargo, esas atrocidades se realizaban tras un telón de palabras admirables. Así actuaba Stalin y así actuaban sus seguidores. Cuando Stalin murió en 1953, el semanario Justicia, vocero oficial del Partido Comunista uruguayo, lo despidió diciendo: “Una irreparable desgracia ha caído sobre la humanidad avanzada y progresista. En todos los rincones del mundo, los hombres y mujeres amantes de la paz y la democracia han recibido, con el corazón acongojado, la dolorosa información de la muerte del camarada Stalin, abanderado de la paz…”.

En las últimas décadas, y especialmente en el continente americano, los cultores de la “post-verdad” han sido de este segundo tipo. El Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez, los Kirchner, Nicolás Maduro, hicieron atrocidades de diversa magnitud (salvando las distancias con Stalin) mientras invocaban altos ideales. Una de las sorpresas que ha traído Donald Trump es que vuelve a la “post-verdad” del primer tipo: dice y hace cosas repugnantes, mientras manipula la realidad para justificarse.

Pablo Da Silveira

Izquierda y derecha

En una región que se había acostumbrado a hablar de populismos de izquierda, el triunfo y la inminente investidura de Donald Trump obligaron a hablar de un populismo de derecha.

Y la liviandad con la que se adaptó el vocabulario dejó en segundo plano muchas preguntas. ¿Efectivamente existe un populismo de derecha? Si es así, ¿en qué se diferencia y qué sigue teniendo en común con el de izquierda? ¿Un populismo de derecha se parece más a un populismo de izquierda que a otros gobiernos de derecha, o la verdad es lo contrario?
No bien consideramos estos interrogantes, nos vemos enfrentados a numerosas perplejidades. Tantas, que en el mundo académico se ha difundido una idea: la categoría “populismo”, al igual que la categoría “totalitarismo”, simplemente están mal formuladas. Son palabras con gran poder evocativo pero conceptualmente confusas. La prueba es que no se puede mostrar un solo caso de populismo puro o de totalitarismo puro en toda la historia.

Este argumento parece funcionar. Es verdad que no se puede mostrar un solo caso histórico que se ajuste con exactitud a esos términos. Pero el punto es que tampoco podemos mostrar casos puros de democracia, de socialismo ni de economía de mercado. Esto solo muestra que estamos trabajado con lo que Max Weber llamaba “tipos ideales”: cuando decimos que un régimen es democrático, decimos que se acerca lo suficiente a ese tipo ideal (por lo pronto, mucho más que a cualquier otro) como para que podamos considerarlo una aproximación razonable al concepto. Las ideas son claras, pero la experiencia histórica siempre es turbia.

El rechazo de ciertos académicos a palabras como “populismo” o “totalitarismo” no se debe a que esos conceptos sean especialmente imperfectos, sino a la incomodidad que les genera su propio coqueteo con experiencias históricas que se acercaron mucho a esos modelos. En realidad, se trata de conceptos útiles y aplicables. Y las dificultades que existen no se deben tanto a lo impreciso de nuestras definiciones como a nuestro empeño en seguir reduciendo toda la riqueza y variedad de la vida política a una única metáfora espacial, unidimensional y dicotómica, que nos obliga a colocar todo lo que existe en dos y solamente dos cajones: el de la derecha y el de la izquierda.

La distinción entre izquierda y derecha apareció a fines del siglo XVIII (o sea: es bastante nueva) y funcionó sin grandes dificultades durante todo el siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Pero luego empezó a crujir, hasta hacer crisis tras la caída del socialismo real. Hoy se revela notoriamente inadecuada para describir fenómenos de enorme vigencia como el populismo, el nacionalismo o el estatismo autoritario a la Putin. El resultado es que nuestro vocabulario tradicional pierde consistencia. ¿Por qué mucha gente tiende a colocar al régimen de Irán como “de izquierda”, cuando se trata de una teocracia conservadora, machista y homófoba? La razón apenas examinada es que Irán es un enemigo de Estados Unidos. Pero, si ese es el criterio, entonces deberíamos decir que Hitler fue de izquierda.

Lo raro no es que la distinción “izquierda-derecha” se vuelva crecientemente inaplicable. Esa es la historia normal de muchas distinciones políticas. Lo raro es que haya tanta gente que siga abrazándose a esa metáfora simplificadora, como si de ello dependiera su propia identidad.

Pablo Da Silveira

Pruebas PISA 2015

Hoy es un día crucial para la educación uruguaya. Según se ha venido anunciando, a las 8.30 de la mañana se estarán dando a conocer los resultados de la edición 2015 de las pruebas PISA.

Organizadas por la OCDE, las pruebas PISA son la medición de aprendizajes más conocida y respetada a nivel internacional. Sus resultados son utilizados por numerosos gobiernos, universidades y organismos internacionales, lo que refleja un grado de legitimidad que no alcanzan otras mediciones. Como ocurre con cualquier instrumento, las pruebas PISA sirven para algunas cosas y no para otras (lo mismo vale para un buen martillo). Pero hacen muy bien aquello para lo que fueron diseñadas.

Básicamente, PISA se propone averiguar lo que han aprendido los estudiantes de 15 años de edad en tres áreas fundamentales: lengua, matemáticas y ciencias. No importa qué grado estén cursando ni qué modalidad educativa hayan elegido. Lo que importa es lo que han aprendido. La prueba también recoge información complementaria sobre actitudes y motivaciones.

¿Los estudiantes de un país dado han aprendido lo suficiente, o demasiado poco? Para evaluarlo, PISA utiliza dos puntos de referencia. Por un lado fija un mínimo absoluto, determinado por el conjunto de saberes y destrezas que es necesario haber adquirido para poder acceder a un empleo calificado. Los estudiantes que quedan por debajo de ese mínimo corren un serio riesgo de vivir vidas sin horizontes.

En segundo lugar, PISA compara los resultados obtenidos en cada país con los que se obtienen en los demás países participantes. La edición que se presenta hoy reúne datos sobre más de setenta naciones. Estas comparaciones no sólo permiten averiguar cuánto aprenden los estudiantes de un país en relación a lo que se aprende en otros, sino también cuánta desigualdad educativa hay en un país en relación a otros, o cuán exitosas han sido sus políticas educativas a lo largo del tiempo (siempre comparando con el desempeño ajeno).

Las pruebas PISA son un instrumento valiosísimo para cualquier país que asigne alguna importancia a la política educativa. Ignorar o desdeñar sus resultados es ir a contramano de lo que hace el mundo. Y cuestionar las cifras porque nos resultan incómodas equivale a querer tapar el sol con la mano. Por lo pronto, los datos correspondientes a un país no sólo son mirados en ese país sino en todo el planeta.

Todas estas son razones generales que explican por qué se presta tanta atención a las pruebas PISA. Pero, además, los uruguayos tenemos razones propias.

Las pruebas PISA se realizan cada tres años. Uruguay lo hizo por primera vez en 2003 y volvió a hacerlo en 2006, 2009, 2012 y 2015. Entre 2003 y 2012, Uruguay fue el único país de América Latina con una clara tendencia a empeorar. El mejor resultado global fue el de 2003. Desde entonces la tendencia fue a la baja, mientras el resto de la región mejoraba. En 2003 éramos los mejores del continente en las tres pruebas. Desde entonces, varios nos alcanzaron o nos dejaron atrás. Somos además el país con mayor desigualdad educativa de todos los que participan.

Los datos que se conocerán hoy nos permitirán saber si finalmente hemos conseguido invertir estas tendencias y empezar un camino de mejora, o si seguimos cayendo en relación a los demás y a nosotros mismos. Si esto último llegara a ocurrir, sería un fracaso sin atenuantes

Pablo Da Silveira

“Not my president”

Donald Trump es el líder político más inquietante y desagradable que se ha visto en mucho tiempo. Su mezcla de rusticidad, prepotencia y demagogia resulta francamente perturbadora. Y ese hombre va a convertirse en breve en presidente de los Estados Unidos.

Entre las muchas expresiones de desagrado que generó su elección, hubo manifestaciones masivas en las calles de Nueva York, Los Angeles y otras grandes ciudades (Trump no ganó en ninguna de ellas). Los manifestantes denunciaron el lado intolerante y xenófobo del presidente electo, lo que suena perfectamente entendible. Pero también corearon una consigna que es al menos tan preocupante como la propia elección de Trump: “Not my president”, es decir, “No es mi presidente”.

Nos guste o no, Donald Trump fue votado por casi 60 millones de estadounidenses en el marco de un conjunto de reglas que todos habían aceptado. Por lo tanto, tiene todo el derecho del mundo a instalarse en la Casa Blanca y a ser reconocido como presidente de todos.

Quienes se niegan a reconocerlo como tal están ignorando, en primer lugar, la propia lógica del juego democrático. En el momento en que aceptamos participar de ese juego nos comprometemos a reconocer el resultado que surja de la aplicación de sus reglas, aun en el caso de que no resulte electo nuestro candidato. Tabaré Vázquez es hoy el presidente de todos los uruguayos, no solamente de quienes lo votaron. Y lo mismo ocurrió antes con José Mujica, independientemente de lo bien o mal que pudiera caernos. Si cada uno va a decidir qué presidente reconoce y cuál no en función de sus preferencias personales, la democracia pierde su capacidad de construir un orden compartido.

El desacierto es todavía más profundo. Quienes dicen “Not my president” no sólo están erosionando el orden democrático, sino que están defendiendo una forma de aristocracia apenas encubierta. Al negarse a aceptar a Trump como presidente de todos, están negándose a aceptar como válida y vinculante la voluntad de casi 60 millones de conciudadanos cuyos votos se traducen en una mayoría de delegados en el colegio electoral.

Complementariamente, quienes actúan de este modo demuestran que no entienden qué es lo que aporta la democracia a nuestras sociedades. La democracia no garantiza que se tomen buenas decisiones porque, como lo muestra una y otra vez la historia, las mayorías pueden equivocarse mucho. La democracia sólo asegura que las decisiones que se tomen sean legítimas, es decir, sean decisiones que todos reconozcamos como válidas y, por lo tanto, todos estemos dispuestos a respetar. Esto es enormemente importante, porque cuando no hay legitimidad sólo queda la imposición por la fuerza, con todas sus secuelas de dolor y dominación. Evitar ese extremo es la promesa fundamental de la democracia. No lo es elegir gobernantes perfectos.

Así como hay casi 60 millones de estadounidenses que votaron a Trump, hay casi 60 millones que votaron por Clinton. Pero todos ellos, junto a los millones que no votaron, deben reconocer a Trump como su presidente. Más aun, lo mejor que pueden hacer es reconocerlo como presidente de todos y exigirle que esté a la altura de esa condición. Si no lo hace, entonces tendrán una buena razón para combatirlo con todos los medios políticos e institucionales que los ciudadanos de las sociedades democráticas tenemos a nuestro alcance.

Pablo Da Silveira